Cada vez que compro en el supermercado de la esquina utilizo una de las miles tarjetas de fidelidad que he acumulado en estos cuatro años por los Estados Unidos. El uso de la tarjeta permite obtener descuentos en ciertos artículos. Cada ticket explica cuánto se ha ahorrado en la compra y cuántos ahorros se han logrado gracias a la maravillosa fidelidad al supermercado.
El problema con esta historia es que los ahorros que se imputan no lo son. O al menos no lo son en su totalidad. Para entender esta mentirijilla comercial-propagandística, debemos recordar un concepto básico en economía: el "coste de oportunidad". El coste de un determinado servicio, actividad o bien "X" no es el precio que pagamos por él sino el valor de la actividad, servicio o bien "Y" al que se ha renunciado al optar por "X". El coste de oportunidad de "X" es el valor de ese "Y" más valioso al que se renuncia para su consumo. Por ejemplo, el coste de oportunidad del doctorado en el que estoy no es el resultado de sumar las tasas académicas, horas de estudio y gastos en libros en los que incurro. Si, imaginemos, mi mejor alternativa al doctorado fuese repartir pizzas obteniendo un beneficio neto anual de 20.000$, diríamos que el coste de oportunidad de mi doctorado es de 20.000$.
¿Qué tiene que ver esto con mi compra en el supermercado de la esquina? Veámoslo. Mi última compra produjo el siguiente ticket:
La factura muestra que compré unos huevos que valían 3.29$ pero que, al usar la tarjeta de fidelidad "VIC card" obtuve un descuento de 1.29$, por lo que pagué 2$ por los huevos. Esos 1.29$ descontados se contabilizan en su totalidad como ahorro. ¿Lo son? No. Al menos no en su totalidad.
Si exceptuamos algunas (importantes) consideraciones éticas y medioambientales, el huevo es un producto bastante homogéneo en el que poco importa la marca que se adquiera. Los huevos que elegí -cuyo precio original antes de descuento era de 3.29$- no eran los más baratos. Había otra marca que ofrecía el mismo tipo de huevos ecológicos (y mismo tamaño) por 2.5$. Tras considerar el descuento, opté por los huevos de 3.29$ porque con la tarjeta de fidelidad pagaría 2$. La clave es que el coste de oportunidad de esos huevos es lo que hubiera pagado si no tuviese tarjeta de fidelidad, y en ese caso no habría comprado los huevos de 3.29$ sino los de 2.5$. Dicho de otro modo, los 2$ que pagué representan un ahorro de 0.5$ con respecto a la alternativa más valiosa (en este caso más barata) que tenía. No es correcto decir que el ahorro del que me he beneficiado al comprar esos huevos con la tarjeta de fidelidad es de 1.29$. Me temo que lo mismo puede decirse de la mayoría de esos 58.3$ ahorros anuales acumulados que el ticket anuncia a bombo y platillo.
Evidentemente hay casos en los que la totalidad del descuento sí puede considerarse como un ahorro. Esto ocurriría si el descuento se aplicase sobre el producto más barato o sobre un producto que no lo es pero que de todos modos queremos comprar (quizá porque tenemos una fuerte preferencia por la marca y nos importa poco el precio de las alternativas). Como me temo que el descuento de mi tarjeta de fidelidad pocas veces recae en una de esas categorías, mi mirada de economista seguirá rebajando considerablemente la euforia que mi supermercado de la esquina intenta transmitir con sus tickets y sus recompensas a la fidelidad.
Mas-Colell, Winston y Green, Microeconomic Analysis
Hace unos días recibí un mail del departamento de Economía:
"Left over pizza in the Economics mailroom. Please feel free to help yourselves".
No dudo que la pizza voló a los pocos minutos de mandarse el mail. Me fascina la reacción de la gente ante los anuncios de comida gratis. En este caso el mail estaba más que justificado (la alternativa era tirar la pizza y que nadie la disfrutase) pero en más de una ocasión he observado con cierto estupor verdaderas carreras por hacerse con algún trozo de la pizza/pastel/tapa que se ofrecía en algún acto público de la universidad.
Puede que años de escasez y lucha contra la miseria hayan grabado a fuego un comportamiento ya casi instintivo y con mucho sentido evolutivo en las sociedades poco desarrolladas: lucha por hacerte con la máxima cantidad de comida "fácil" que se ponga a tu alcance dado que quién sabe si en el futuro será la subsistencia será más complicada. El razonamiento fue totalmente válido durante la mayor parte de nuestra historia cuando todo el mundo parecía condenado eternamente a la maldición malthusiana. Aún en nuestros días una gran parte de la población no ha escapado a la lucha contra la subsistencia. Sin embargo, este comportamiento es paradójico en lugares como los Estados Unidos o la Unión Europea donde se debe hacer frente al problema opuesto: más de un tercio de los estadounidenses son obesos y más de 25.5 millones de estadounidenses mayores de 20 años (esto es, el 11.3% del total) sufrían diabetes tipo 2 en 2010. Por si esto fuese poco, existe evidencia de que los hábitos en el consumo de carne occidental son excesivos y provocan serios problemas medioambientales.
A pesar de todo, tanto en España (cuando aún eran años de vacas gordas, por cierto) como en los Estados Unidos me he encontrado con que persiste nuestra fascinación y reacción cuasi-instintiva de abalanzarnos sobre la comida gratis.
Tal vez los años en la opulencia mitiguen estos hábitos forjados durante siglos. No obstante es interesante comprobar que las contradicciones generadas en y por el sistema sigue siendo una idea altamente sugerente y aplicable a campos muy distintos: el éxito del capitalismo en la producción de bienes y servicios no se ha visto acompañado de cambios igual de profundos en el comportamiento y reacciones de las personas. El resultado es un desafío mayúsculo e infinitamente complejo de solucionar en lo que respecta a la salud pública y la sostenibilidad de nuestras sociedades.
A las 6 de la tarde cuatro hombres entran a la vez en el supermercado Harris Teeter del barrio de Columbia Heights, en Washington. Los cuatro llevan en la mano bolsas de tela. Los supermercados cobran las bolsas y hacen un descuento de cinco céntimos por bolsa a aquellos que llevan las suyas.
En su número de abril, Alternatives Économiquespublica este gráfico en el que se muestran los kilos de carne per cápita que se consumieron en los Estados Unidos entre 1909 y 2012. Se puede apreciar que tras un aumento ininterrumpido desde los años 30 y alcanzar un máximo de 83 kg. por persona a mediados de la primera década del siglo XXI, la tendencia se ha revertido y el consumo ha empezado a bajar.
Aunque alguna vez he esgrimido argumentos puramente éticos para justificar el vegetarianismo, el artículo apunta a un argumento muy del gusto de los economistas para justificar y entender el descenso en el consumo de carne: el encarecimiento del precio del petróleo ha aumentado el precio del maíz (muy usado como biocombustible) y ha encarecido la cría de ganado. Comprar carne cada vez sale más caro.
Los economistas llaman a la puerta de la ecología y de los foros vegetarianos para ser escuchados.
Reclinado en su viejo y elegante BMW, John me explica mientras conduce que su coche tiene una "matrícula histórica". Los estados estadounidenses conceden matrículas históricas a los coches que tienen ´mas de 20 años. Tener ese tipo de matrículas tiene ventajas como ahorrarse algunas tasas e incluso algunas inspecciones. Cuando comento que eso parece un incentivo a usar coches viejos, algo extraño para un europeo acostumbrado a que la obsesión sea renovar el parque automovilístico (me gustaría pensar que para consumir menos combustible). John me comenta que los americanos han mejorado bastante la eficiencia de sus coches pero que, en efecto, la mentalidad con respecto a Europa aún es muy diferente.
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Como parte del baby-shower al que he sido invitado, se organiza un pequeño trivial en el que hay que responder una serie de preguntas de elección múltiple. Una de ellas pregunta por el tiempo de biodegradación de los pañales. Más de 500 años.
Al poco rato se pregunta por la frecuencia de nacimientos de bebés. Opto por el pesimismo malthusiano y acierto la opción correcta: hay un recién nacido cada 3 segundos.
Mi vecina en el juego -la futura madre, por cierto- comenta, aún horrorizada por el dato de los 500 años, que ella de bebé usó pañales de tela. No me acaba de tranquilizar: si el 20% de la población mundial vive en países como España o Estados Unidos, eso quiere decir que -bajo algunas hipótesis no demasiado violentas- cada 15 segundos nace un bebé que sólo conocerá los pañales del medio milenio para la biodegradación.
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Vuelvo a mi casa abrumado e intentando encontrar resquicios que compensen algunas sensaciones desagradables que me asaltan. Intento pensar en los economistas que se reclinan confiados y se carcajean de los agoreros malthusianos, los ecologistas y otros pájaros de mal agüero porque confían en que seguramente el progreso tecnológico los pondrá en su sitio. También intento evocar una referencia que me fue comentada alguna vez sobre un tal Kim Hill y cómo nuestra racional civilización salida de la Revolución Francesa (¿era así la cosa?) había logrado retrasar o gestionar el desastre ecológico mejor que otros muchos.
Pero no dejo de pensar que, entre tanto número, lo único cierto es que tenemos un planeta. Uno solo.
"[La] impenetrabilidad popular a los principios elementales de la economía es síntoma del fracaso didáctico de los economistas españoles. (...). Los economistas han sido malos profesores o malos divulgadores de las ideas económicas; o, también, por qué no decirlo, malos economistas".
Gabriel Tortella, El desarrollo de la España contemporánea
Una explicación teórica Imaginemos un país compuesto de dos regiones: New York y Virginia (ya se puede imaginar de qué clases he sacado el ejemplo) y que cada región cuenta con un solo acre de tierra. Para simplificar aún más las cosas, imaginemos que solo pueden producirse dos bienes: trigo (wheat) y tabaco. Como este blog no es políticamente correcto, también imaginaremos que la producción de los dos bienes es necesaria: el trigo para comer y el tabaco para disfrutarlo en los momentos de ocio (decididamente esto es muy políticamente incorrecto). Dado que New York y Virginia difieren en la calidad del acre de tierra del que disponen y en el clima, sus posibilidades de producción son diferentes. La siguiente tabla muestra lo que Virginia o New York pueden producir si dedican el acre de tierra solo a uno de los dos productos que pueden producir: La tabla nos dice que, si por ejemplo tomamos el ejemplo de New York, la región tiene la opción de producir 8 bushels de trigo en su acre de tierra o 1 barril de tabaco. Podemos comprobar que Virginia tiene una ventaja absoluta en la producción de trigo y tabaco: su mejor tierra y/o clima le permite producir más trigo y más tabaco. ¿Significa esto que no hay posibilidades de establecer relaciones comerciales mutuamente beneficiosas para las dos regiones? Veremos que no. Antes de demostrar cómo el principio de las ventajas comparativas y el comercio puede beneficiar a los regiones, me gustaría introducir un concepto del que ya hablamos en otra ocasión: el coste de oportunidad. Dado que Virginia puede producir 10 bushels de trigo o 5 barriles de tabaco en su acre de tierra, parece claro que por cada bushel de trigo que produce está renunciando a la producción de 1/2 barril de tabaco. Empleando la jerga económica: el coste de oportunidad de producir 1 bushel de trigo es 1/2 barril de tabaco. Del mismo modo, por cada barril de tabaco que Virginia produce el coste de oportunidad es 2 bushels de trigo. Siguiendo la misma lógica para New York, obtenemos la siguiente tabla con los costes de oportunidad para las dos regiones: Ahora imaginemos que las dos regiones viven en autarquía y que dedican la mitad de su tierra a la producción de trigo y la otra mitad a la producción de tabaco. Basándonos en la primera tabla es fácil comprobar que la producción resultante para cada región será la siguiente: Ahora imaginemos que cada región se especializa en el producto para el cual el coste de oportunidad es menor. O sea: Virginia se especializa en la producción de tabaco y New York en la de trigo. Para hacer los resultados más comparables, haremos que Virginia se limite a producir la misma cantidad de tabaco total que la economía autárquica era capaz de producri (3 barriles). Si Virginia produce 3 barriles de tabaco y el coste de oportunidad de producir un barril de tabaco en Virginia son 2 bushels de trigo, Virginia sufre un coste de oportunidad de 6 bushels de trigo (2x3) cuando produce los 3 barriles de tabaco. Dado que el acre de Virginia podía producir hasta 10 bushels de trigo, el hecho de dedicar una parte de la tierra a producir 3 barriles de tabaco (con su correspondiente coste de oportunidad de 6 bushels de trigo) quiere decir que el resto de la tierra puede producir hasta 4 bushels de trigo (10-6=4). Si New York se especializa totalmente en la producción de trigo, la producción total en la economía será: El lector puede observar que la economía ahora produce la misma cantidad de tabaco pero más cantidad de trigo. Todo esto ocurre sin haber variado la cantidad de tierra disponible. Es el "milagro" del mercado y de las ventajas del comercio. La producción ahora es más eficiente porque cada región tiende a especializarse en la producción del bien en el que es más eficiente (en otras palabras, el bien para el que el coste de oportunidad es menor). Esta teoría básica en Economía fue enunciada por David Ricardo en sus Principios de Economía a principios del siglo XIX. El comercio para ser beneficioso no necesita ventajas absolutas sino comparativas: cada región se beneficia si produce el bien para el que tiene una ventaja comparativa (menor coste de oportunidad). La teoría tienen la virtud de mostrar por qué el mercado puede contribuir a la eficiencia y al aumento del bienestar de la población. Nuestro ejemplo resume de manera muy sencilla el proceso que las colonias americanas siguieron en los siglos XVII y XVIII para sobreponerse a los difíciles comienzos. La producción según el principio de las ventajas comparativas también es responsable de parte del aumento de la producción en nuestras economías.
Una aplicación práctica en un Farmers Market de College Park en una mañana de domingo cualquiera Hasta aquí la parte didáctica del economista que intenta demostrar las indiscutibles virtudes del mercado o del comercio a la hora de organizar la producción. Si llevamos la teoría al extremo, podríamos pensar que iniciativas como las de las AMAP en Francia son absurdas: ¿por qué limitarse a consumir productos locales si podría ser más eficiente consumir las frutas y verduras producidas allá donde los costes de oportunidad sean menores? Además restringirse a los productos de los alrededores podría suponer un empobrecimiento notable de la dieta dado que nada nos asegure que la tierra de nuestra comarca sea capaz de producir todos los nutrientes que necesitamos para nuestra dieta diaria. La crítica tiene algo de cierto y podría ser un corolario de la teoría que hemos explicado. Sin embargo no deberíamos olvidar que en ocasiones los alimentos que consumimos no internalizan todos los costes que implica traerlos desde Nueva Zelanda o producirlos con pesticidas que atacan la biodiversidad o envenenan las aguas. Son las famosas externalidades (negativas). Si se tuviesen en cuenta, quizá consumir local no sería tan irracional. Por otra parte, la mejora en las técnicas de cultivo permite extender la gama de productos que cada tierra puede producir. En el Farmers Market de College Park esta mañana he podido comprar col verde, manzanas, zanahorias, berenjenas, calabacín y peras cultivadas en los alrededores de mi pueblo. En el caso de los pomelos, tomates y brócoli ha habido que recurrir a otras partes del mercado estadounidense. Quizá este sea un compromiso intermedio interesante: consumir local en la medida de lo posible pero sin renunciar a ciertas de las ventajas que ofrece una división de la producción. No olvidemos, sin embargo, que quizá unos precios perfectos (que reflejen todos los costes de transporte y todo lo que se quiera pero que no incluya subvenciones) quizá implicaría que todas nuestras frutas y verduras tendrían que venir de países en vías de desarrollo....
"This was the time when, especially in the south of Spain, naturism and vegetarianism were making many conquests in Anarchist circles. They were believed to have marvellous powers for transforming human beings and preparing them for the ineffable acracia which, after a few centuries of effort, would arise upon the earth." G. Brenan, The Spanish Labyrinth
"Le végétarisme contemporain se fonde sur quatre types de motifs. Le premier est d'ordre puremet diététique. (...). Le second type de motif est d'ordre réligieux (...). Le troisième type de raison est d'ordre humanitaire: la production d'un kilo de protéines animales exige en effet la consommation de plusieurs kilos de protéines végetales. Le quatrième type de motif s'inscrit dans le mouvement d'émancipation des animaux (...)".
La posición del vegetariano a menudo despierta curiosidad y en países con una cultura gastronómica tan carnívora como España y Francia,no deja de suscitar un cierto sentimiento de excentridad con respecto al que la practica. ¿Por qué alguien decidiría dejar de comer carne, pescado o todo aquello que, en definitiva, tenga un sistema nervioso central? El pasaje de De Roose y Van Parijs que cito arriba me parece útil para presentar dos de las razones que me parecen más interesantes a la hora de explicar esta decisión. Intentaré argumentar que la posición calificada de "humanitaria" es más consistente y defendible si se enfoca desde una perspectiva "medioambiental". Por desgracia, creo que incluso esta versión "medioambiental" o ecologista no es lo suficientemente consistente como para justificar un vegetarianismo estricto. Por ello, explicaré por qué creo que la razón más poderosa (la que a la postre me convenció) para defender a los vegetarianos es el motivo ético relacionado con la emancipación de los animales (aunque mi argumento no será exactamente "emancipatorio"). De Roose y Van Parijs defienden un motivo "humanista" según el cual, dado que "la producción de un kilo de proteínas animales exige de hecho el consumo de varios kilos de proteínas vegetales", un mundo más vegetariano posibilitaría una alimentación adecuada para toda la humanidad. Lo cierto es que el problema actual radica más en la distribución que en el nivel de producción . Creo sin embargo que el argumento humanista puede reformularse sin demasiado esfuerzo (ni pérdida de su esencia) para fundamentar un vegetarianismo basado en un razonamiento ecológico. Por ejemplo, el informe 2006-2008 de Agrimonde nos señala que en California hace falta 100 litros de agua para cultivar 1 kilo de patatas mientras que 1 kilo de ternera necesita.... ¡13000 litros! En el caso del pollo y del cerdo hacen falta 4100 litros y 4600 litros respectivamente, lo cual tampoco es nada despreciable... Además de esto, el mayor consumo de vegetales por kilo de carne provoca serios problemas de deforestación y pérdida de diversidad ligadas al monocultivo en países como Brasil. Este relación entre ganado y problemas medioambientales se conoce como la "hamburger connection". Por si esto fuera poco, el informe de Agrimonde estima que la crianza de animales a nivel mundial es responsable del 18% de los gases de efecto invernadero de origen humano. Es fácil, pues, comprender que algunas personas expliquen su renuncia a la carne o al pescado por motivos ecológicos. Yo mismo empecé a plantearme la seriedad de la opción vegetariana tras ser expuesto a este tipo de argumentos y no puedo evitar una gran simpatía por este razonamiento. Sin embargo, me parece que la opción puramente ecologista adolece de dos limitaciones fatales para justificar la eliminación total de carne y pescado en nuestra dieta. En primer lugar, si el objetivo es lograr un consumo ecológicamente sostenible, posiblemente la solución no pase por una eliminación total del consumo de animales sino por una disminución de su consumo y la elección de alternativas más ecológicas. La eliminación total del consumo de carne o pescado no es una conclusión que se derive automáticamente de la preocupación ecológica. Podría argumentarse que eliminar totalmente el consumo de carne o pescado es necesario porque otros no estarán dispuestos a adoptar el consumo sostenible y es necesario lograr que en media el consumo per cápita se sitúe en un nivel ecológicamente sostenible. Creo que esta actitud tiene el riesgo de desembocar en un mesianismo estéril que además evolucione hacia un sentimiento de profunda frustración e impotencia ante las orgías carnívoras que uno puede encontrar a su alrededor. Y si no, vean:
La razón que más me ha convencido para sustentar mi vegetarianismo es la que se basa en argumentos éticos. Básicamente podríamos resumirla en una pregunta tan simple como poderosa (al menos desde mi punto de vista): ¿por qué consumir carne o pescado si es posible llevar una dieta sana y equilibrada sin generar sufrimiento a ningún animal? Esta postura tiene ilustres partidarios entre los utilitaristas e incluso entre los libertarios. Creo que la pregunta nos obliga a enfrentar un supuesto placer gastronómico con el valor que asignamos al dolor y al sufrimiento de otros seres. El hecho de que dos de los textos que más me han convencido sobre este tema provengan de dos corrientes filosóficas cuyas tesis centrales no me convencen demasiado, no deja de resultarme tan motivador como divertido... o incluso inquietante, por cierto. En todo caso, creo que esta pregunta ética sí que lleva lógicamente a adoptar una dieta vegetariana y además encuentra un interesante apoyo que la refuerza en las tesis ecológicas que hemos comentado anteriormente. Me parece importante acabar la entrada con algunas notas de prudencia o de apertura. No creo en absoluto que mi postura esté libre de críticas o que la pregunta que planteo tenga el vegetarianismo como única respuesta. Este blog ya ha disfrutado en algún otro momento de magníficas intervenciones que demuestran lo complejo de este debate y de las distintas tesis que existen sobre los derechos de los animales. Simplemente creo que, a día de hoy y dado lo que he podido leer, escuchar y reflexionar, el vegetarianismo es la respuesta más coherente y honesta. Reconozco que la opción del veganismo me plantea algunas dudas e incógnitas para las que aún no tengo unas respuestas demasiado claras. Tampoco reclamo ningún status de supremacía o coherencia moral frente a los demás (en ocasiones se me ha reprochado que los vegetarianos miramos al "resto de los mortales" por encima del hombro (¿?)): mis zapatos son de cuero y mi diabetes o mis convenciones sociales me lleva a comer carne o pescado en muchas de mis reuniones fuera de casa. Soy perfectamente consciente de mis limitaciones e incoherencias y no pretendo ocultarlas. Creo, sin embargo, que lo importante es intentar dirigir nuestras acciones hacia un ideal de justicia reflexionado y abierto a un diálogo y a una evolución constante tras el debate con los demás. Más que un flagelo moral, mis contradicciones son un acicate para intentar modificar y adaptar mi modo de vida a lo que creo que es más justo o defendible.
Mientras pesaba las manzanas en Mercadona, una dependienta observaba mi proceder. Cuando se dio cuenta de que no usaba bolsas de plástico (pego la etiqueta con el precio en una de las piezas de fruta y luego las agrupo todas en caja) se apresuró a darme una bolsa. Le expliqué mi procedimiento. "Me parece un desperdicio innecesario usar las bolsas" argumenté. No debí resultar muy convincente. Mientras metía las manzanas en una bolsa me intentó tranquilizar con un "No te preocupes. Puedes dar la bolsa de plástico en la caja. Aquí reciclamos todo. Las bolsas van al contenedor del plástico". Quise replicar que el mejor reciclaje pasa por no utilizar más materiales de los que son necesarios, que el propio proceso de reciclaje implica un gasto energético, que una parte de la materia se pierde en el propio proceso de reciclaje... creo que en mi delirio de microsegundos incluso pensé en hablarle de Georgescu-Roegen. Pero me callé. Me volví a casa con una bolsa de más mientras los bricks de leche exhortan a ser guardianes de la tierra y a consumir de manera responsable porque el planeta nos lo agradecerá.
Tant que je pesais les pommes au Mercadona, une travailleuse m'observait. Quand elle s'est rendu compte que je n'utilise pas des sacs en plastique pour les fruits (je colle le prix à l'un des pièces et après je les mets toutes ensemble quand il faut payer) elle m'a donné un sac tout de suite. Je lui ai expliqué ma logique. "Utiliser des sacs pour les fruits est un gâchis absurde". À ce qu'il parait, je n'ai pas été très convaincant. Tant qu'elle mettait les pommes dans un sac en plastique, elle a essayé de me rassurer. "Ne t'inquiètes pas. Tu peux donner le sac à la caissière. Ici on recycle tout. Les sacs vont à la poubelle des plastiques". Je voulais répondre que le meilleur recyclage est celui qui n'existe pas parce que l'on n'utilise des matériaux à la con, que le processus de recyclage lui-même comporte une dépense énergétique, qu'une partie de la matière se perd lors du processus de recyclage... je crois que dans mon délire de microseconds j'ai pensé voire à lui parler de Georgescu-Roegen. Mais je me suis tu. Je suis rentré chez-moi avec un sac de plus tant que les bricks de lait m'encouragent à devenir un gardien de la terre et à consommer de manière responsable car la planète me remerciera.
Hace dos semanas decidí empezar a comprar las verduras en un pequeño mercado de agricultores que se organiza cada sábado por la mañana a unos veinte minutos de mi casa. Tal vez influido por mis recientes relecturas de André Gorz o quizá por un sentimiento de revuelta interior que tiende a aparecer periódicamente, sentí que la experiencia fue sorprendentemente positiva. Desde que llegué a los Estados Unidos adopté la costumbre de hacer la mayoría de mis compras por internet (algo muy común entre los estudiantes de doctorado y especialmente entre los que viven en el no man's land de College Park). Hay que reconocer que el servicio funciona extremadamente bien y es increíblemente rápido (y cómodo): todo se reduce a seleccionar los artículos por internet y elegir el día y la hora a la que queremos que lleguen (el coste del servicio es de unos ocho dólares). Se pueden añadir o eliminar artículos hasta 24 horas antes de la hora fijada para la entrega y la empresa con la que suelo comprar ha demostrado ser muy competente a la hora de seleccionar los productos según su fecha de caducidad y su frescura. Pese a todo, no me sentía cómodo: al margen de contribuir a un sistema de distribución de dudoso interés, no me gustaba el hecho de no poder seleccionar la fruta y verdura fresca que compro. Además de todo esto, nunca pude librarme del sentimiento de que mi razón principal para comprar por internet ("no tengo tiempo para ir a comprar") se basaba en una lógica que me incomodaba y según la cual el tiempo de trabajo y de estudio se extendía hasta el infinito. El doctorado, un periodo exigente y con una cantidad de trabajo sencillamente inabarcable, obliga a reflexionar seriamente sobre las prioridades y la necesidad de encontrar un equilibrio entre las diferentes facetas de la vida. Curiosamente, la diabetes me ha ayudado bastante en este sentido: la jornada de estudio acaba a las 8 de la tarde cuando toca una visita de una hora al gimnasio para hacer algo de ejercicio y a menudo toca "perder" una mañana para acudir a la cita periódica con el oftalmólogo o el endocrino. Encontrar tiempo para cocinar en casa se ha vuelto algo innegociable: la comida casera me sienta infinitamente mejor que la que compro fuera y además facilita mucho el cálculo de la insulina que necesito inyectarme. La visita matutina de cada sábado al mercado se enmarca, pues, en un contexto más general en el que el objetivo principal es recuperar un cierto equilibrio y control sobre mi tiempo. Comprar en el mercado local no sólo supone un pequeño paso hacia la reapropiación de mi tiempo: las verduras que compro son cultivadas por agricultores de la zona, mi consumo de bolsas de plástico se ha reducido drásticamente (las compras on-line implicaban una auténtica avalancha de bolsas y envoltorios absolutamente innecesarios), puedo elegir con más precisión la cantidad y el tamaño de los productos que compro y el paseo de veinte minutos por las mañanas supone una excelente manera de combatir uno de los momentos del día donde el riesgo de hiperglucemia es mayor. Una visita semanal al farmers' market de College Park es, ciertamente, un paso pequeño -casi ridículo- en un desafío colosal. Sigo pensando que el comportamiento del individuo es importantísimo a la hora de afrontar los retos planteados la ecología política pero no es suficiente. Los pasos fundamentales en este sentido deberán darse en el terreno de la acción colectiva y de la política. Permitámonos, sin embargo, algunos instantes de goce interior cuando descubrimos estas pequeñas acciones que nos ayudan a sentirnos un poco más fuertes y coherentes en nuestro combate cotidiano.
Mis pensamientos se adelantaron a lo que acabo de leer en El País. El jueves celebramos Thanksgiving Day y hoy, viernes, también es festivo. Estamos en el llamado "Black Friday". La gente se lanza a comprar durante todo el día (algunos de mis compañeros han ido a comprar a las 4 de la madrugada). Los comercios hacen descuentos de hasta el 50%. Decir que todo esto es una locura no es reaccionario. Decir que todo esto es nefasto no es ser moralista. Decir que todo esto es lamentable no es ser ecologista radical. Por favor, ¿de verdad queremos una sociedad en la que la única actividad que se concibe en un día festivo es ir de compras?, ¿de verdad podemos seguir desarrollando un modo de vida que si fuese adoptado por el restante 80% de la población mundial haría necesarios otros cuatro o cinco planetas? ¡Por favor! La noticia de El País ahonda en la locura: un empleado de Wal-Mart ha muerto arrollado por la turba deseosa de llenar el carro con artículos en los que posiblemente ni habrán pensado antes de verlos rebajados. Estoy consternado. El "ecofascismo" no es una solución, pero siento que estamos muy lejos de darnos cuenta de los desafíos y de los cambios de mentalidad que nuestra sociedad y nuestro modo de vida precisan. Que siga la fiesta.
Mes pensées se sont avancée à ce que je viens de lire aux journaux. Jeudi dernier nous avons fêté Thanksgiving day et aujourd'hui c'est jour férié aussi. On l'appelle "Black Friday". Les gens se lancent à faire des courses pendant toute la journée (certains de mes amis sont allés faire des courses a 4 heures du matin). Les boutiques font des réductions qui vont jusqu'à 50% du prix... Dire que tout cela c'est fou ce n'est pas être réactionnaire. Dire que tout cela c'est néfaste ne veut pas dire que je suis un moraliste. Dire que tout cela c'est minable ne devrait pas m'aligner dans les rangs de l'écologie radicale. S'il vous plaît, voulons-nous vraiment une société dans laquelle les jours fériés ne sont consacrés qu'à l'achat?, peut-on vraiment se permettre de développer un mode de vie qui, c'était adopté par le 80% restant de la population mondiale, préciserait de quatre ou cinq planètes? L'article du journal approfondi dans la folie: un employé de Wal-Mart est mort écrasé par une foule désireuse d'accéder aux soldes et acheter des articles auxquels on n'a pas pensé jusqu'au moment de les voir avec prix réduit. Je suis consterné. L'"écofascisme" n'est pas une solution, mais je sens que nous sommes trop loin de nous rendre compte des défis et des changements de mentalité que nos sociétés et notre mode de vie précisent. La fête peut continuer.