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Tuesday, June 5, 2012

Liberales, marxistas y consumistas: dos textos que merecen más

Los libros con los que trasteo a veces brindan reflexiones memorables. Tras leer ciertos pasajes, me quedo con la sensación de que debería dedicar alguna entrada a esos temas que abordan llegando a conclusiones e intuiciones similares a las mías. A la espera de que algún día me digne escribir esas entradas (y ante la sospecha de que seguramente eso no ocurra), dejo constancia de dos ejemplos de esos textos absolutamente deliciosos que tanto me han impacto y motivado en los últimos días.

Sobre la distinta visión del mundo que tienen las dos grandes escuelas de pensamiento en economía (ejemplo máximo de cómo los mismos hechos históricos no tienen por qué llevar a la misma interpretación), Gavin Wright nos dice en su The Political Economy of Cotton South (p. 182):
"With countless variations, two great traditions interpret and evaluate historical trends in  the relationship between  households  and markets: the  tradition of most economists,  descended from Adam Smith, which views  the  spread of markets and specialized production as a progressive development, an improvement of resource allocation, an encouragement to advancements in knowledge  and progress, and an opportunity for higher standards of  living on  and off the farm;  and the tradition of Marxian writers  (though in this American application with a strong Jeffersonian flavor as well), which views the market as an invading, intruding force, a maelstrom  that  lures or  sucks households  into  its orbit, whirling  them  in  historical  circles beyond  their control, and permitting no escape. Usually  these traditions talk past each other, obscuring the extent to which each one contains elements of truth  in describing the same historical developvents,  and  failing  to  ask why  it  is  that  some  cases  fit one  version,  some  the other."

En The Industrious Revolution, Jan de Vries aborda el espinoso tema de definir "consumismo" (p. 5, nota 13):
"Consumerism is a term I will seek to avoid wherever possible in this study.Often invoked, it is rarely defined. Stearns ventures to offers a definition remarkable chiefly for its shortcomings: “Consumerism describes a society in which many people formulate their goals in life partly through acquiring goods that they clearly do not need for subsistence or for traditional display.” Peter N. Stearns, Consumerism inWorld History. The Global Transformation of Desire (London: Routledge, 2001), p. ix. Steven Miles does not get us much further when he proposes that “the study of consumerism should actually attempt to come to terms with the complexities that lie behind the act of consumption. In effect, while consumption is an act, consumerism is a way of life.” This distinction depends on an uncomplicated definition of consumption that, as we shall see, fails to take seriously the important distinction economists make between the acquisition of goods and ultimate consumption. Once one accepts that an act of consumption gives utility in a variety of dimensions, including cultural dimensions, Miles’s distinction collapses. Steven Miles, Consumerism as a Way of Life (London: Sage, 1998), p. 4".
Creo que el desafío que plantea de Vries a la hora de definir "consumismo" se resuelve si renunciamos a la peligrosa y siempre endeble diferenciación entre "necesidades reales y ficticias" y optamos por una definición que se centre en la sostenibilidad del consumo. Me va a tocar escribir una entrada. Maldita sea...

Monday, January 10, 2011

Ecología política, alienación y falsas necesidades: un comentario

Tras leer con inmenso interés los comentarios a la entrada anterior, intenté pensar en algunas posibles réplicas entre paseos después de la comida, preparación de las clases y carreras por el gimnasio. El problema es que una vez más subestimé el poder de los comentarios y de la generosidad de aquellos que de vez en cuando se pasean por este blog. Al margen de dedicar una entrada completa a mi "réplica" (un modo como otro cualquier de dar rienda suelta mi tendencia a alargarme más de la cuenta), me veo obligado a renunciar a una respuesta plenamente detallada a cada uno de los aspectos que se han mencionado. Aún así, las respuestas recibidas trazan una línea argumental preci(o)sa para abordar sin complejos muchos de los cabos sueltos de la entrada original. Vamos allá.
Salir del abstracto mundo de las denuncias teóricas y generales siempre es una práctica desagradecida y arriesgada. Las grandes proclamas y los ambiciosos planes de cambio pueden perder parte de su grandilocuencia cuando toca pasar al terreno de lo práctico y de las aplicaciones a nuestro día a día. El lector puede sentir cierta desilusión cuando comprueba que los rimbombantes enunciados de principios de los que se partía encuentran su reflejo en acciones mundanas y de efecto a menudo modesto y, en ocasiones, incluso incierto. Y sin embargo esta aplicación práctica es tanto o más necesaria que la denuncia teórica de la que se parte. No sólo porque una teoría sin aplicación práctica sería un absurdo ejercicio de retórica (o un paper destinado a Econometrica), sino también porque la praxis contribuye a hacer más transparentes las ideas principales y favorece un debate más amplio e informado al hacer más comprensible los objetivos que se persiguen. En este sentido, las batallas del autoproclamado gobernante Omar están llenas de sentido y son plenamente coherentes con las ideas que subyacen a mi entrada. No sólo porque el ahorro energético es uno de los muchos desafíos que hay que afrontar para reducir nuestra alarmante huella ecológica, sino también porque este tipo de medidas constituye lo que podríamos llamar medidas medioambientales Pareto-eficientes: la mejora medioambiental se acompaña de un beneficio económico (menor factura de la luz) y, por lo tanto, son un primer punto ideal para iniciar los puntos de un programa efectivo y libre de elitismos u oscurantismos. Todos ganamos con estas medidas (menos, claro está, los productores de bombillas: esos precursores de la diabólica obsolescencia programada tal y como se explica en el magnífico documental recomendado por Caterina, otra de las isleñas a la que habrá que seguir de cerca).
Por desgracia, aunque esto sea un buen primer paso, las políticas derivadas de la ética ecologista no podrán reducirse al grupo de medidas pareto-eficientes en la que todos somos felizmente más verdes sin cambiar sustancialmente nada en nuestro modo de vida actual. Nada nuevo bajo el sol, claro. Dziga pone el dedo en la llaga cuando pregunta por los individuos que optan autónoma y conscientemente por un comportamiento insostenible. Evidentemente la autonomía no puede constituir un punto y final en nuestra discusión. La ecología política requiere una ética de la responsabilidad a la Jonas que seguramente precisará, como mínimo, de algunos incentivos económicos y de regulación mientras comprobamos si la crisis económica o el debate ciudadano llevan a un cambio de mentalidad que fije los límites de tolerancia para nuestras sociedades. Algunos pensarán que romper con la obsolescencia programada y con el resto de manifestaciones de un sistema que profundiza en angustias y actitudes insostenibles requiere una salida del capitalismo. Puede ser. Puede que no tanto, después de todo. De momento creo que se han sugerido vías de acción tan necesarias como factibles en el corto plazo para iniciar YA un camino que no admite más demoras y que quizá nadie puede decir a ciencia cierta dónde nos lleva. Pero no nos angustiemos más de la cuenta por esto: el rol de las "unintended consequences" no es nada nuevo en nuestras sociedades (y en ocasiones estas consecuencias inesperadas han tenido resultados sorprendemente buenos).
El popperiano Quinlan apunta, como de costumbre, en otra dirección tan acertada como necesaria para entender mejor el terreno en el que nos estamos moviendo y ser bastante más cautos en nuestros desvaríos. De hecho, hace tiempo que una idea similiar me ronda por la cabeza: el gran éxito y la gran dificultad a la que nos enfrentamos son en realidad las dos caras de la misma moneda. Durante casi toda la historia documentada, el nivel de vida de las sociedades humanas se ha mantenido en un nivel constante y bajo. Sólo a partir de 1840-50 una parte del mundo empezó a gozar de un incremento sostenido del ingreso per cápita. Los mercados, la división del trabajo y el progreso tecnológico (y sí: el Estado y unos sistemas políticos cada vez más abiertos) jugaron un rol crucial en este sorprendente despegue. Tras miles de años luchando por escapar de un nivel de vida con tendencia al estancamiento y en niveles claramente bajos (aunque no necesariamente de subsistencia), las mismas fuerzas que han propiciado avances sin precedentes para algunos, nos ponen ante un desafío ecológico que se encuentra con el escollo de una mentalidad de acumulación naturalmente forjada durante siglos de lucha contra la miseria. Por puro respeto al lector (y a mis fuerzas para redactar) no me meteré -por ahora- en la crítica epistemológica de Quinlan. De momento, sólo dejaré constancia de que frente a la postura del venerable Popper, a mí me atraen más las definiciones de ciencia de las entrañables economistas transexuales.
Puede que al final todas estas reflexiones y divagaciones de ingeniería social resulten mortalmente aburridas, pretenciosas, irresponsables o irrelevantes (y tal vez todo a la vez) para un Quinlan o un Wallis cualquiera que no hacen más que pensar cómo la historia está llena de profetas y planificadores sociales que se dan de morros contra la imprevisible complejidad de nuestras sociedades. Entonces yo me me limitaré a contestar que en realidad yo sólo aspiro a planes quinquenales que acaban conmigo luciendo una corbata de colores crudos en un bar de Barcelona mientras pido la carta en un bar (vegetariano) de menús y que yo me entiendo y que aquí paz y después gloria.

Saturday, January 8, 2011

Ecología política, alienación y falsas necesidades

Mientras leo Philosophie de l'écologie politique de Eva Sas me reafirmo en mis afinidades e identifico más claramente mis fuentes de dudas y de crítica.
Me siento plenamente identificado con los problemas ecológicos que nos acucian y que constituyen el punto de partida de la teoría. También comparto la idea de que la ecología no puede enfocarse desde una perspectiva únicamente medioambiental bajo riesgo de caer en algo vacío, inconsistente o abierto a derivas antidemocráticas (ecofascistas, Illich dixit). La ecología debe insertarse en el seno de una teoría político-filosófica que, de manera bastante natural, nos lleva a situar a la autonomía del individuo en el centro del debate. También me reafirmo en que este protagonismo de la autonomía y de la libertad real de las personas obliga a potenciar la esfera de las actividades autónomas como alternativa a las dos dimensiones a las que tradicionalmente se ha reducido la discusión: estado y mercado. Esta preocupación por la autonomía creo que proporciona un fundamento sólido para medidas como la renta básica que, si bien tal vez no pueden ser un objetivo inmediato, deben constituir una importante guía para nuestros esfuerzos y luchas en el terreno de las políticas económicas y sociales.
No puedo sin embargo reprimir un sentimiento de preocupación o incomodidad cuando me reencuentro con la crítica del capitalismo y del mercado basado en la creación de falsas necesidades y en la alienación del individuo.
"L'écologie politique inscrit ainsi sa vision de l'homme dans la lignée de la pensée 68: l'être humain ne peut être réduit à un producteur-consommateur, il est d'abord un être unique doué de désirs et de créativité. Il faut donc le libérer des contraintes qu'il se crée sans en avoir conscience, pour qu'il puisse se consacrer aux autres dimensions de son être. Il faut également qu'il se libére de ses faux besoins, sans cesse renouvelés, auxquels il consacre une partie significative de son temps éveillé" (p. 48, el subrayado es mío).
Vemos que en esta cita la autonomía del individuo se defiende en contraposición a la alienación y la creación de falsas necesidades.
La ecología política tiene futuro en la medida en que sea capaz de presentar convincentemente sus ideas y las políticas que de ellas se derivan. Mi experiencia me sugiere que los argumentos esbozados en la cita provocan una lógica desconfianza entre el público no convencido. Adoptar una posición "mesiánica" (libérate de la alienación que sufres) o sugerir que el individuo es víctima inconsciente de oscuras fuerzas manipuladoras (tus necesidades son creadas) genera una reacción de rechazo instintivo en el interlocutor. Y esto me parece muy comprensible, por cierto. Mi preocupación, además, va más allá de las reacciones instintivas o de orden puramente pragmático a la hora de exponer las ideas y aumentar sus posibilidades de ser aceptadas. Aunque siento simpatía por la tesis de las necesidades creadas (ya presente en la obra de economistas por los que siento gran cariño como, por ejemplo, Galbraith), reconozco que réplicas como las de Hayek nos obligan a ser cautos en este punto y a no depender más de la cuenta de este argumento. Quizá haya mucha tela que cortar allí donde una parte de la izquierda da por sentado la validez del adjetivo "falso" o "artificial" para denigrar el estatus de las necesidades o preferencias de las personas.
Debo decir que la intuición principal que subyace en estos conceptos me parece correcta -el modelo de crecimiento y acumulación material ilimitados de nuestras sociedades "desarrolladas" no es ni sostenible, ni aceptable, ni justo- pero creo que es importante basar la crítica y las alternativas en argumentos distintos y seguramente más consistentes. La crítica existencialista de Arnsperger -mostrando el sinsentido de basarnos en la satisfacción de unas necesidades y deseos materiales infinitos e incapaces de acabar con nuestras angustias- pueden suponer un buen punto de partida. Hacer posible el desarrollo de actividades autónomas menos intensivas en recursos naturales, puede ser otra interesante pista para proseguir nuestro camino de manera abierta y respetuosa con la infinita gama de opciones de realización personal.
Al fin y al cabo, la ecología política me parece demasiado sugerente, estimulante y prometedora como para dejarme intimidar más de la cuenta por mis dudas y reticencias ante tal o cual detalle en su argumentación. Continuons, alors.

Canción del día / Chanson du jour
Chinese Man - More by Topete

Saturday, October 16, 2010

La música como paradigma de lo inmaterial

Títulos rimbombantes para ideas sencillas y en absoluto novedosas o sofisticadas. Puede que en el futuro sea un buen economista después de todo.
Mucho se ha escrito sobre las posibilidades y retos que plantea la creciente importancia de la inmaterialidad en nuestras sociedades. Filósofos, teóricos de la ecología política e ilustres blogueros ya llevan un tiempo dando vueltas a las posibilidades que ofrecen las redes o los cambios que puede propiciar la creciente importancia del "general intellect" en nuestros sistemas productivos. Lo inmaterial en sus múltiples acepciones y manifestaciones cobra una gran importancia para algunos teóricos de la ecología política o para los partidarios del llamado capitalismo cognitivo.
Pese que algunos aún intenten poner puertas al campo, parece que algunos ejemplos de la realidad dan la razón a los defensores de esta nueva realidad y a los cambios que lleva aparejados. Me gustaría centrarme en un ejemplo que quizá aclare un poco las cosas: la música. Tradicionalmente el negocio de la música se asociaba a la venta de discos (vinilos, cassetes, CDs...). Sin embargo, la aparición del Mp3, Youtube o programas de descarga on-line han desprovisto de soporte material a gran parte de la música que escuchamos en nuestro día a día (más allá del reproductor de turno, claro) y han facilitado enormemente la copia y transmisión de los ficheros. Lógicamente, los artistas se han dado cuenta de este cambio y han actuado en consecuencia. Es común poder encontrar discos enteros que han sido colgados en internet por los propios autores para que la gente pueda oírlos gratuitamente. Esto no creo que sea algo aislado o anecdótico: podéis comprobar que los últimos discos de Yann Tiersen, Gogol Bordello o Do Make Say Think, pueden escucharse de principio a fin y tantas veces como queramos con sólo un click.
¿Los artistas se han vuelto locos? En absoluto. Simplemente se han dado cuenta de que entramos en una era en la que hay que cambiar de estrategia: en el caso de la música lo importante (y lo rentable) son los conciertos. El espectáculo en directo ofrece posibilidades fuera del alcance del disco o del mp3: las canciones se reinventan de manera sorprendente, el concierto se convierte en una fiesta que se prolonga hasta quién sabe cuándo en cualquier bar de la ciudad, la música en directo se acompaña de de proyecciones que dotan a cada canción de una personalidad y una fuerza únicas, la música se acompaña de espectáculos circenses... Todo esto son algunos ejemplos de cómo los conciertos añaden otra dimensión a la música, crean otro producto totalmente distinto al disco convencional y demuestran que la reinvención es posible. El disco y la música de estudio deja de ser un fin para convertirse en un medio para asegurar el éxito del concierto.
Así pues, parece que muchos artistas ya se han dado cuenta de que lo importante no es crear métodos anti-copia más sofisticados o amenazar (de manera un tanto patética y poco creíble) al internauta. La SGAE y sus compañeros pueden seguir dando palos de ciego y generándose un odio infinito. Afortunadamente otros ya se han dado cuenta de que, simplemente, todo es cuestión de adaptarse a un nuevo contexto en el que las viejas recetas ya no funcionan.


Canción del día / Chanson du jour

Saturday, September 18, 2010

Una mesa / Une table

A veces preguntas aparentemente sencillas nos llevan a desvaríos inimaginables y casi sorprendentes.
Con la llegada de Sergio -mi nuevo compañero de piso- hemos remodelado buena parte del apartamento con el objetivo de convertirlo en un lugar más acogedor. En un momento dado se planteó la opción de comprar una mesa para nuestro desangelado salón. Yo interpreté la cuestión casi como una afirmación: hay que comprar una mesa. Me parecía algo obvio y que daba por descontado. Pero Sergio planteó la preguntita de marras: "¿Realmente necesitamos la mesa?".
Mi primera respuesta fue algo del tipo "¡claro!" pero luego reconocí la necesidad de argumentar las razones por las que una mesa en el salón me parecía un elemento imprescindible. ¿Tiene utilidad una mesa más allá del puro aspecto estético? ¿Es algo que tenemos en el salón simplemente "porque toca", porque es un elemento indispensable en un retrato costumbrista de nuestros hogares occidentales? En ese caso es posible que gastar 75 dólares sea un despilfarro inútil...
En mi opinión, la mesa es un elemento clave para promover el desarrollo de los elementos relacionales y de la vida en común en el piso. No es sólo un mueble de relleno: es un elemento que invita a sentarse a su alrededor para hablar de cómo ha ido el día, del último partido del Barcelona o de cómo arreglar el mundo a plazos; es el punto focal alrededor del cual la gente se reúne para probar las tortillas de patatas que me esfuerzo por exportar a estas tierras de barbarie gastronómica; es la excusa perfecta jugar a cartas mientras se pasa revista a todos los rumores imaginables, para organizar una cena con los amigos y constituir la introducción y el desarrollo que acaba conduciendo a una charla en el sofá del otro lado del salón. La mesa se erige, en definitiva, en promotor eficaz de las actividades en común.
Llevando el delirio un poco más lejos, me di cuenta de que creo que es posible distinguir dos modelos de casa. Antes de la llegada de Sergio vivía en el modelo que podríamos llamar "atomista". Este modelo podría caracterizarse por una convivencia con una mínima -aunque, en mi caso, muy cordial- interacción entre los miembros del apartamento. En este modelo de casa la subinversión de lo que, en claro abuso terminológico, podríamos llamar bienes "públicos" o relacionales es evidente. Los espacios comunes (salón, cocina, etc.) apenas contienen elementos más allá de lo puramente funcional y necesario. Los mayores esfuerzos se concentran en las habitaciones de cada uno para crear mundos personales y claramente separados. Los lugares comunes quedan reducidos a espacios fríos que desincentivan aún más su cuidado y el intento de convertirlos en lugares más agradables. La atomización puede ser un proceso que se autolimenta. Frente a este modelo encontramos lo que podríamos llamar "la casa relacional". Aún admitiendo que las habitaciones ofrecen un necesario espacio de privacidad, retiro y expresión de un mundo propio, los espacios comunes se desarrollan como extensión natural de las habitaciones y dotan a la casa de una unidad. Estamos, pues, en las antípodas de la "balcanización" propia del anterior modelo. Cuando se decora el salón, no sólo se está dando un toque personal y acogedor al hogar, también se está "invirtiendo" en crear espacios de vida en común que invitan a vivir y a interaccionar más allá del mundo propio y privado de la habitación. En este sentido, la "casa relacional" se caracteriza por una mayor inversión en los espacios comunes (decoración, muebles...) que promueve el tiempo que se pasa en ellos.
En cierto modo, concibo la mesa del salón como un elemento importante en la transición del modelo "atomista" al modelo "relacional" que vivo en este momento. Puestos a llevar las cosas (¿demasiado?) lejos, mi apuesta por el modelo relacional en el hogar es bastante coherente con otras de las ideas que intento defender con más o menos éxito en lo que ha dado en llamarse "ecología política". La ecología no puede reducirse a un aspecto puramente medioambiental: debe incluir una teoría y una actitud coherente en lo que respecta a las interacciones sociales y a la "ecología humana". Al mismo tiempo, este análisis delirante y deliberadamente caricaturesco muestra que la ecología política puede (y debe) ir más allá de los grandes discursos y puede traducirse en una ética de lo cotidiano. Esta exigencia de compromiso a pequeña escala en nuestras acciones cotidianas constituye un elemento indisociable para los proyectos y ambiciones más globales. Una reformulación del tan manido pensar globalmente y actuar localmente, si así se quiere.
Este tipo de decisiones no dejan de ser análogas a otras disyuntivas propias del desarrollo urbano: ¿promovemos plazas y aceras o centros comerciales y carreteras?, ¿carril bici o carril adicional para los coches?, ¿autopistas o trenes y transportes públicos más baratos? La diferencia entre estas preguntas y la mesa que tanto me preocupa es, claro está, la escala. La necesidad de coherencia y compromiso con una determinada visión de nuestra realidad son las mismas.
Antes de ayer compramos la mesa... pero reconozco aún no he explicado a Sergio por qué siento que la compra ha sido tremendamente útil.
Parfois, des questions apparemment simples nous aménent à des digressions mentales inimaginables et surprenantes.
Avec l'arrivée de Sergio -mon nouveau coloc- on est commencé à aménager la plupart de l'appartement pour le rendre plus accueillant. À un moment donné on s'est posé la question d'acheter une table pour le salon, toujours trop vide. J'ai interprété la question presque comme une affirmation: il faut acheter une table. Il me semblait quelque chose d'évident. Mais Sergio à posé cette maudite question: "a-t-on vraiment besoin d'une table?"
Ma première réponse à été quelque chose du genre "mais bien sur!" mais j'ai rapidement reconnu le besoin d'argumenter les raisons qui rendent nécessaire l'achat d'une table. La table, a-t-elle une utilité au-delà du côté purement esthétique? S'agit-il de quelque chose que l'on a dans le salon tout simplement "parce qu'il faut", parce que c'est un élément nécessaire dans le cliché des ménages occidentaux? Dans ce cas il serait possible que dépenser 75$ pour acheter une table soit un gaspillage assez monumental...
À mon avis, la table est un élément clé pour promouvoir le développement des éléments relationnels et de la vie en commun au sein du ménage. Ce n'est pas seulement un "meuble-façade" pour le cliché: c'est un élément qui invite à s'assoir autour de lui pour discuter sur la journée, du dernier match de Barcelone ou de comment résoudre les problèmes du monde par étapes; c'est le point focal autour duquel les gens se ressemblent pour gouter l'omelette espagnole que j'essaie d'exporter à ces terres de barbarie gastronomique; c'est l'excuse parfaite pour jouer à cartes tant que l'on discute sur tous les potins imaginables, pour organiser un diner entre amis qui fournira l'introduction et le développement vers la discussion au canapé qu'il a à l'autre bout du salon... La table devient, donc, une promotrice efficace de la vie en commun.
En menant mon délire un peu plus loin, je me suis rendu compte qu'il est possible de distinguer deux modèles de ménage. Avant l'arrivée de Sergio je vivais dans le modèle que l'on pourrait nommer "atomiste". Ce modèle présente une vie en commun avec une interaction minimale -même si dans mon cas tout à fait cordiale- entre les membres de la collocation. Dans ce modèle il y a un sous-investissement assez claire de ce que l'on pourrait nommer biens publics ou relationnels. Les espaces communs (salon, cuisine....) sont réduits aux éléments les plus nécessaires et fonctionnels. Les plus grands efforts se concentrent dans les chambres de chacun pour créer des mondes personnels et clairement séparés. Les espaces commun deviennent des endroits froids qui rendent moins possible encore son aménagement et le désir de les rendre plus agréables. L'atomisation est un processus qui se renforce à lui-même. Face à ce modèle atomiste on trouve la "maison relationnelle". Même si l'on doit admettre que les chambre offrent un espace privé tout à fait nécessaire pour se retirer et s'exprimer dans un monde propre, dans la maison relationnelle les espaces communs se développent comme une extension naturelle des chambres et fournissent une certaine unité au ménage. On est, par conséquent, à l'opposé de la balkanisation qui résultait du modèle atomiste. Quand l'on décore le salon, on n'est pas seulement en train de personnaliser et rendre plus agréable notre ménage, on est aussi en train d'"investir" dans la création d'espaces de vie en commun qui invitent à vivre et à interagir au-delà du monde propre et privé de nos chambres. Dans ce sens, la maison relationnelle présente un plus grand investissement (décoration, meubles...) dans ces espaces. C'est de cette manière qu'on encourage le temps consacré à la vie dans ces endroits.
D'une certaine manière, je conçois la table comme un élement important dans la transition du modèle atomiste au modèle relationnel. En menant les choses plus (trop?) loin, mon pari pour le modèle relationnel au ménage semble assez cohérent avec d'autre idées que j'essaie de défendre avec plus ou moins de succès au sein de l'écologie politique. L'écologie ne peut pas se réduire à un aspect purement environnementale: elle doit inclure une théorie et une attitude cohérente en ce qui concerne les interactions sociales et l'"écologie humaine". En même temps, cette analyse délirante et caricaturale montre que l'écologie politique peut (et doit) aller bien au-delà des grands discours en devenant une éthique du quotidien. Cette exigence de compromis dans nos actions quotidiennes est indisociable d'autres projets et ambitions davantage globaux. Une reformulation du rebattu "penser global, agir global" si l'on veut.
Ce type de décisions sont analogues à d'autres disjonctives propres au développement urbain: doit-on promouvoir les places ou les centres commerciales et les routes?, voie pour les vélos ou route extra pour les voitures?, autoroutes ou trains et transports en commun publiques et moins chers? La différence avec la table qui nous ocuppait est, bien entendu, l'échelle; néanmoins le besoin de cohérence et compromis avec une vision de notre réalité bien précise n'en restent pas moindres.
Hier on a acheté la table... mais j'avoue que je n'ai pas encore expliqué à Sergio pourquoi je sens que l'achat a été incroyablement utile.

Canción del día (dedicada a Sarkozy y a todos los idiotas mundiales que lo acompañan en la intolerancia)/Chanson du jour (dédiée à Sarko et à tous ces cons mondiales qui l'accompagnent dans l'intolérance)

Wednesday, August 25, 2010

Carlos Taibo y el decrecimiento

La econometría y la economía cuantitativa son herramientas y metodologías tremendamente útiles y válidas cuando se tienen las ideas adecuadas en mente y se sabe lo que se quiere contrastar, medir, maximizar o modelar. El problema viene cuando uno tiene la sospecha de estar preocupándose por ajustar al milímetro el retrovisor mientras el coche se dirige a 200 km/h contra un muro.
La ventaja de estar rodeado de gente tremendamente inteligente, estimulante y culta es que es complicado no acabar por hacerse muchas preguntas sobre lo que nos rodea. Pablo, una de estas personas (y uno de los que más aprecio y admiro) me regaló hace poco el último libro de Carlos Taibo: Su crisis y la nuestra.
El libro no lleva a engaño al lector dado que el subtítulo es toda una declaración de intenciones: "Un panfleto sobre decrecimiento, tragedias y farsas". En efecto, el librito adopta un tono orgullosamente panfletario que sirve para presentar ideas generales de manera muy clara pero que no evitará la denuncia por parte del escéptico o del intelectual riguroso y deseoso de respuestas a preguntas y ambigüedades para las que esta obra no pretende aportar una respuesta. Volveremos a ello en varias ocasiones.
Taibo considera que la crisis actual tiene una triple dimensión: cambio climático, agotamiento de las energías tradicionales y expolio de los recursos materiales y humanos de los países pobres. A la hora de exponer los problemas y abordar las soluciones Carlos Taibo se erige en uno de los principales (¿primeros?) portavoces del decrecimiento en España. Grosso modo (muy grosso modo), el decrecimiento plantea la necesidad de desarrollar un modo de vida menos consumista y materialista que resulte en una disminución de la huella ecológica occidental y que promueva un nuevo tipo de sociedad en la que los valores post-materiales y relacionales tengan más oportunidades de desarrollo y adopten un rol más importante. Todo ello lleva, por supuesto, a cuestionar radicalmente la idea de crecimiento económico tal y como es entendido comúnmente. La idea es ciertamente controvertida y necesita mucho debate y reflexión para evitar caer en ataques caricaturescos. Difamar y ridiculizar resulta en ocasiones demasiado fácil. Lo trágico de la descalificación y la burla a la ligera es que se impide el desarrollo de un debate sereno e informado. En este sentido, se agradece el esfuerzo de Taibo por puntualizar algunos malentendidos que suelen generarse en torno al decrecimiento: la idea no niega la mejora material a los países en vías de desarrollo ni tampoco a los pobres de los países desarrollados. Estas puntualizaciones son más que bienvenidas porque, hasta la fecha, apenas había encontrado libros serios sobre el tema en español (me familiaricé con la idea del decrecimiento durante mi estancia en Francia, país en el la idea ya goza de una cierta tradición y tiene figuras con cierta reputación como el economista y filósofo Serge Latouche). En España sólo tenía constancia de la traducción de una obra colectiva francesa titulado Objetivo decrecimiento. Afortunadamente, la lectura del libro de Taibo me ha permitido descubrir que el autor también ha publicado hace poco una obra titulada En defensa del decrecimiento. Parece, pues que, aunque sea lentamente, la idea empieza a disponer de cierta difusión en nuestro país.
¿Qué pretende Taibo con su obra? Si la disyuntiva de Castoriadis hace algunas décadas era "socialismo o barbarie", Carlos Taibo bien podría gritar hoy en día "decrecimiento o barbarie". En efecto, tal y como avanzaron Ival Illich o André Gorz en su momento, nuestras opciones bien podrían ser la de una ecodemocracia elegida o un ecofascismo forzado por la deriva de nuestras sociedades occidentales. El problema, claro, viene a la hora de definir los conceptos y establecer el programa y las medidas que nos lleven al decrecimiento. Los partidos de izquierdas españoles mayoritarios son descartados por Taibo como posibles abanderados del proyecto. PSOE e IU son presentados como portadores, en el "mejor" de los casos, de un proyecto socialdemocráta incapaz de integrar el imperativo ecológico y político decrecimentalista (caso de IU) o, simplemente, de haber abandonado sus pretendidas raíces socialdemócratas al aceptar la lógica de la nebulosa ideología neoliberal (caso del PSOE). Los nacionalismos periféricos (ERC o BNG) no salen mejor parados. En el caso de los sindicatos mayoritarios el panorama tampoco es halagüeño según Taibo. La dependencia de la financiación pública y su conversión en megaestructuras burocráticas dedicadas a velar por los intereses de los trabajadores afiliados y más estables (y marginando a aquellos en situación más precaria) llevan al politólogo a descartarlos como eventuales agentes del cambio. Así las cosas, el proyecto decrecimentalista defendido en el libro se caracteriza por congeniar con el ideario libertario y por ser netamente anticapitalista, autogestionario y antipatriarcal. Su desarrollo se confia a lo que Taibo llama "la izquierda social". Ésta se define como "toda aquella izquierda que, desde el arraigo del trabajo de base, no asume la forma de partidos y no compla la concurrencia a elecciones". El propio autor reconoce lo ecléctico de esta categoría. En ella se cuentan asociaciones de vecinos y movimientos ecologistas, grupos feministas y pacifistas, cristianos de base, sindicatos alternativos, organizaciones de autoconsumo, centros sociales okupados... Repitamos lo dicho anteriormente: el escéptico o el lector interesado en detalles sobre la praxis autogestionaria y la propiedad pública socializada, no encontrará en este libro respuestas a la mayoría de preguntas -tanto teóricas como prácticas- que a buen seguro le asaltarán. Este punto es particularmente importante porque los defensores de la autogestión o de las microsociedades decrecentistas deben hacer frente a una poderosa literatura económica que apuesta abiertamente por las virtudes del libre comercio o, más importante aún, a una evidencia histórica que identifica la apertura comercial como un factor necesario (si bien no suficiente) para la prosperidad de las regiones o a estimulantes y eruditos ensayos que presentan una interacción fundamental entre apertura comercial y estabilidad del sistema político democrático que asegura la supervivencia de ambos. Tema increíblemente vasto y complejo que abruma sólo de pensarlo. Pasaré página dejando al lector con la miel en los labios pero también con algunas armas sugeridas en los enlaces anteriores para, si así se desea, empezar a abrirse paso en una jungla intelectual tan densa como rica y extensa.
También resulta interesante la crítica a los partidos políticos de izquierdas. Taibo usa a menudo el despectivo "fuerzas 'atrapalotodo'" para denunciar la deriva del PSOE o del BNG en su pérdida de identidad para aglutinar el máximo apoyo electoral. La situación remite inevitablemente a la teoría económica de la democracia de Anthony Downs por la que los partidos políticos en democracia tienen poderosos incentivos a situarse en el centro del espectro político para aglutinar el máximo apoyo posible por parte de los votantes. ¿Quiere esto decir que las infalibles fuerzas downsianas incapacitan a nuestras democracias representativas para desarrollar el proyecto presentado por el autor? Los proyectos autogestionarios o decrecimentalistas suelen expresar simpatías por "microsociedades", la minimización del centralismo político y la potenciación de la democracia directa. Aunque no faltan voces que se aventuran a señalar un resurgimiento de la democracia directa en nuestras sociedades, la cuestión parece cuanto menos abierta a muchos interrogantes tanto teóricos como prácticos. Taibo tampoco da pistas del modelo político que tiene en mente. De nuevo nos chocamos con los límites del panfleto.
Mi situación personal me exige una cierta contención a la hora de dispersarme demasiado en lo que a temas, preguntas y polémicas académicas se refiere. Durante los próximos tres años debo pagar el peaje de la tesis y de la especialización en Historia Económica porque yo mismo he elegido la autopista de Maryland. Al lector que tenga un poco más de tiempo y voluntad de replantearse ciertas cuestiones sobre nuestro rumbo -aunque sea para desmontar punto por punto el ideario "decrecentista"- el libro de Taibo no le será indiferente. Se le podrá acusar de muchas cosas, pero el bueno de Taibo habla muy claro y, desde mi punto de vista, lo hace de manera muy honesta y poniendo asuntos inmensamente serios encima de la mesa.

Saturday, July 31, 2010

Gorz (II): sobre el envejecimiento

Tras el empacho de estímulo y esfuerzo intelectual que supusieron las comentarios a la entrada anterior (gracias de nuevo a todos), reinvento el exabrupto unamuniano proclamando un "¡que piensen ellos!". Así pues, esta vez me doy una tregua creativa y me limito a trascribir unos extractos de un texto de André Gorz titulado "Somos menos viejos que hace veinte años" (aparecido en la antología André Gorz. Escritos inéditos) en el que el genial pensador austriaco aborda el tema del envejecimiento. El artículo, a su vez, cita y retoma ideas de un escrito titulado "Le vieillisement" que fue publicado en los números 187 y 188 de Les Temps Modernes (diciembre de 1961 y enero de 1962):

"Empiezas a envejecer (...) cuando aceptas que tu vida se confunda con un recorrido socialmente predefinido y "transcurra fuera, en las cosas", sometida a los imperativos de la maquinaria social. Entonces, la vida "te hace más de lo que tú la haces". (...). Y lo que es peor: te interesa perseverar en la misma vía, porque si cambias, pierdes "el beneficio de lo adquirido". (...). En pocas palabras, envejecer es aceptar el mundo como es y renunciar a definirte por ti mismo.
(...)
El envejecimiento es un proceso total mediante el cual la sociedad se apodera de los individuos y los hace cada vez más impotentes para controlar sus condiciones de existencia. (...)
La revolución "que libera a los hombres de la alteridad y del sometimiento a los aparatos antisociales" será imposible mientras la sociedad esté estructurada por megaherramientas que exijan especializaciones, administraciones, formas de coordinación y de gestión engorrosas e incompatibles con la unificación de todos a través de una praxis autoorganizada. (...)
Conclusión insoslayable: la liberación pasa por un cambio radical de los medios de producción y de las técnicas. (...).
(...)
Sabemos que no tardará mucho en "consumirse el último quintal de combustible fósil"; que nuestra vida no es ni generalizable ni sostenible; y que habrá que inventar una civilización planetaria radicalmente nueva. Conscientemente o no, hemos roto con nuestro pasado. Somos menos viejos que hace cuarenta o veinte años, y mucho más jóvenes por nuestra convicción de que "otro mundo es posible"".



Canción del día/Chanson du jour:

Tuesday, May 25, 2010

El combate cotidiano

Hace dos semanas decidí empezar a comprar las verduras en un pequeño mercado de agricultores que se organiza cada sábado por la mañana a unos veinte minutos de mi casa. Tal vez influido por mis recientes relecturas de André Gorz o quizá por un sentimiento de revuelta interior que tiende a aparecer periódicamente, sentí que la experiencia fue sorprendentemente positiva. Desde que llegué a los Estados Unidos adopté la costumbre de hacer la mayoría de mis compras por internet (algo muy común entre los estudiantes de doctorado y especialmente entre los que viven en el no man's land de College Park). Hay que reconocer que el servicio funciona extremadamente bien y es increíblemente rápido (y cómodo): todo se reduce a seleccionar los artículos por internet y elegir el día y la hora a la que queremos que lleguen (el coste del servicio es de unos ocho dólares). Se pueden añadir o eliminar artículos hasta 24 horas antes de la hora fijada para la entrega y la empresa con la que suelo comprar ha demostrado ser muy competente a la hora de seleccionar los productos según su fecha de caducidad y su frescura. Pese a todo, no me sentía cómodo: al margen de contribuir a un sistema de distribución de dudoso interés, no me gustaba el hecho de no poder seleccionar la fruta y verdura fresca que compro. Además de todo esto, nunca pude librarme del sentimiento de que mi razón principal para comprar por internet ("no tengo tiempo para ir a comprar") se basaba en una lógica que me incomodaba y según la cual el tiempo de trabajo y de estudio se extendía hasta el infinito.
El doctorado, un periodo exigente y con una cantidad de trabajo sencillamente inabarcable, obliga a reflexionar seriamente sobre las prioridades y la necesidad de encontrar un equilibrio entre las diferentes facetas de la vida. Curiosamente, la diabetes me ha ayudado bastante en este sentido: la jornada de estudio acaba a las 8 de la tarde cuando toca una visita de una hora al gimnasio para hacer algo de ejercicio y a menudo toca "perder" una mañana para acudir a la cita periódica con el oftalmólogo o el endocrino. Encontrar tiempo para cocinar en casa se ha vuelto algo innegociable: la comida casera me sienta infinitamente mejor que la que compro fuera y además facilita mucho el cálculo de la insulina que necesito inyectarme. La visita matutina de cada sábado al mercado se enmarca, pues, en un contexto más general en el que el objetivo principal es recuperar un cierto equilibrio y control sobre mi tiempo.
Comprar en el mercado local no sólo supone un pequeño paso hacia la reapropiación de mi tiempo: las verduras que compro son cultivadas por agricultores de la zona, mi consumo de bolsas de plástico se ha reducido drásticamente (las compras on-line implicaban una auténtica avalancha de bolsas y envoltorios absolutamente innecesarios), puedo elegir con más precisión la cantidad y el tamaño de los productos que compro y el paseo de veinte minutos por las mañanas supone una excelente manera de combatir uno de los momentos del día donde el riesgo de hiperglucemia es mayor.
Una visita semanal al farmers' market de College Park es, ciertamente, un paso pequeño -casi ridículo- en un desafío colosal. Sigo pensando que el comportamiento del individuo es importantísimo a la hora de afrontar los retos planteados la ecología política pero no es suficiente. Los pasos fundamentales en este sentido deberán darse en el terreno de la acción colectiva y de la política. Permitámonos, sin embargo, algunos instantes de goce interior cuando descubrimos estas pequeñas acciones que nos ayudan a sentirnos un poco más fuertes y coherentes en nuestro combate cotidiano.

Friday, April 9, 2010

Oído en la radio

Southern Republican Leadership Conference ayer por la noche:
"The Republican Party was founded on freedom, not serfdom. The Republican party was founded on the work ethic, not the redistribution ethic.
[Aplausos] The Republican party was founded on defending America, not paying lawyers for terrorists."
Más aplausos

Newt Gingrich, ex-presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y posible futuro candidato republicano para la Casa Blanca.

Saturday, October 17, 2009

The green challenge (again)

La nueva entrada -fruto de un ataque de enajenación un tanto extremo- en Publicly Economic ya está disponible pinchando aquí.

Le nouveau post -résultat d'une attaque d'aliénation un peu extrême- dans Publicly Economic est déjà disponible en cliquant ici.

Saturday, November 29, 2008

Black Friday

Mis pensamientos se adelantaron a lo que acabo de leer en El País. El jueves celebramos Thanksgiving Day y hoy, viernes, también es festivo. Estamos en el llamado "Black Friday". La gente se lanza a comprar durante todo el día (algunos de mis compañeros han ido a comprar a las 4 de la madrugada). Los comercios hacen descuentos de hasta el 50%. Decir que todo esto es una locura no es reaccionario. Decir que todo esto es nefasto no es ser moralista. Decir que todo esto es lamentable no es ser ecologista radical. Por favor, ¿de verdad queremos una sociedad en la que la única actividad que se concibe en un día festivo es ir de compras?, ¿de verdad podemos seguir desarrollando un modo de vida que si fuese adoptado por el restante 80% de la población mundial haría necesarios otros cuatro o cinco planetas? ¡Por favor!
La noticia de El País ahonda en la locura: un empleado de Wal-Mart ha muerto arrollado por la turba deseosa de llenar el carro con artículos en los que posiblemente ni habrán pensado antes de verlos rebajados.
Estoy consternado. El "ecofascismo" no es una solución, pero siento que estamos muy lejos de darnos cuenta de los desafíos y de los cambios de mentalidad que nuestra sociedad y nuestro modo de vida precisan. Que siga la fiesta.


Mes pensées se sont avancée à ce que je viens de lire aux journaux. Jeudi dernier nous avons fêté Thanksgiving day et aujourd'hui c'est jour férié aussi. On l'appelle "Black Friday". Les gens se lancent à faire des courses pendant toute la journée (certains de mes amis sont allés faire des courses a 4 heures du matin). Les boutiques font des réductions qui vont jusqu'à 50% du prix... Dire que tout cela c'est fou ce n'est pas être réactionnaire. Dire que tout cela c'est néfaste ne veut pas dire que je suis un moraliste. Dire que tout cela c'est minable ne devrait pas m'aligner dans les rangs de l'écologie radicale. S'il vous plaît, voulons-nous vraiment une société dans laquelle les jours fériés ne sont consacrés qu'à l'achat?, peut-on vraiment se permettre de développer un mode de vie qui, c'était adopté par le 80% restant de la population mondiale, préciserait de quatre ou cinq planètes?
L'article du journal approfondi dans la folie: un employé de Wal-Mart est mort écrasé par une foule désireuse d'accéder aux soldes et acheter des articles auxquels on n'a pas pensé jusqu'au moment de les voir avec prix réduit.
Je suis consterné. L'"écofascisme" n'est pas une solution, mais je sens que nous sommes trop loin de nous rendre compte des défis et des changements de mentalité que nos sociétés et notre mode de vie précisent. La fête peut continuer.

Canción del día/Chanson du jour: Requiem for a Dream: Marion Barfs