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Thursday, February 21, 2013

Sobre semidioses y procesos constituyentes


La preparación de mis clases sobre historia económica estadounidense a veces me sorprenden por su utilidad para ayudar a entender los problemas y debates que tenemos en España. Claro que también debo reconocer que cuando lo que estoy haciendo es entender los malabarismos con datos que hacen falta para transformar kilos de maíz en carne de cerdo en el Sur de EEUU antes de 1860 lo que me sorprende es cómo he llegado a esas situaciones. Sin menospreciar a los cerdos y al maíz, centrémonos en lo interesante.

En un artículo de hace algunos años (versión publicada junto a Ohsfeldt aquí), Robert McGuire estudia cómo los intereses económicos de los padres fundadores influyeron su voto a favor o en contra de la constitución. La constitución estadounidense aprobada en 1787 estuvo precedida por los llamados Articulos de la Confederación (1777-1789). Los Artículos, aprobados en plena guerra de independencia contra los ingleses, concentraban casi todo el poder (creación de impuestos y de aduanas, negociación con terceros países, emisión de moneda...) en los trece estados que componían la confederación y dejaban un gobierno nacional extremadamente débil. El resultado fue un desastre mayúsculo que incluía una inflación rampante o la imposibilidad de financiar los costes de la guerra contra los ingleses dado que los estados no cumplían con la parte de la financiación que se les asignaba y el gobierno nacional estaba incapacitado para crear impuestos u obligar a los estados a pagar su cuota. La constitución redactada en Filadelfia en 1787 solucionó estos estos problemas al reforzar los poderes y atribuciones del gobierno nacional.

La mitología en torno a los Founding Fathers (Padres Fundadores) los presenta como seres cuasi-divinos preocupados por el bien común y trabajando en la elaboración de una constitución que poco menos que traería la paz, prosperidad y felicidad permanente para los recién independizados estadounidenses. Lo que McGuire demuestra en su artículo es que, lejos de estar movidos por aspectos puramente altruistas, los representantes de los estados en la convención de Filadelfia y los encargados de aprobarlo en los parlamentos estatales, estuvieron significativamente influidos por sus intereses personales y los del estado que representaban: los poseedores de deuda, los representantes de estados más grandes o las personas involucradas en el comercio tenían una probabilidad mayor de apoyar esa nueva constitución que reforzaba los poderes del gobierno nacional. Esto era así porque un gobierno nacional más poderoso evitaría la inflación que tanto dañaba a los poseedores de deuda, reforzaría el poder de un Congreso donde los estados más grandes tenían más representantes o protegería contra la posibilidad de que los estados tuvieran la genial idea de aprobar barreras internas al comercio (muy problemático para los comerciantes, claro). En cambio, McGuire encuentra que tener esclavos influyó negativamente en la probabilidad de que un representante votase en favor de la Constitución. Esto es perfectamente lógico si tenemos en cuenta que los poseedores de esclavos siempre tuvieron un fundado temor de que un gobierno nacional demasiado poderoso pudiese decidir algún día que la esclavitud no era una buen idea.

McGuire concluye que
 "Overall, the modern approach to explaining the design and adoption of the U.S. Constitution suggests that it is unlikely that any real world constitution would ever be drafted or ratified through a disinterested and nonpartisan process.  Because actual constitutional settings will always involve political actors who possess partisan interests and who likely will be able to predict the consequences of their decisions; partisan interests will influence constitutional choice.  The economic history of the drafting and ratification of our nation's Constitution makes it hard to envision any actual constitutional setting, including any setting to reform existing constitutions, in which self-interested and partisan behavior would not dominate.  The modern evidence suggests that constitutions are the products of the interests of those who design and adopt them".

Haríamos mal los españoles en obviar una lección tan valiosa. La visión de nuestros particulares "padres fundadores" (los de la Constitución de 1978) está envuelta de una mística similar a la de los Founding Fathers de los EEUU. Sin embargo, la misma conclusión de McGuire podría aplicarse a nuestro caso: la Transición y el consenso resultante fue el resultado de un proceso influido por un contexto histórico, político y económico muy concreto en el que los intereses de las facciones involucradas en el proyecto constitucional tuvo un rol fundamental y seguramente se plasmó en el resultado final (aquí necesitamos algo más de evidencia empírica y espero poder centrarme en este tema más pronto que tarde). Pensar que estos actores políticos y económicos de la transición española estuvieron motivados por el altruismo o la benevolencia en una búsqueda de la estabilidad y del diseño del mejor marco político y económico que garantizase la paz, transparencia y el desarrollo de España es iluso, irreal e incluso peligroso. Cierto: en el caso americano podría decirse que la constitución de 1787, aunque influida por intereses "egoístas", no salió nada mal y al menos no obstruyó el proceso de desarrollo político y económico. Pero también hay que señalar que los Estados Unidos tuvieron que pasar por una Guerra Civil brutal y un proceso de reforma constitucional a nivel estatal y nacional para solucionar las contradicciones y problemas de su ordenación político-económica. Del mismo modo, la Constitución de 1978 en España ha garantizado unos años de desarrollo político y económico sin precedentes, pero también debemos estar abiertos a reexaminar su gestación, alcance y necesidad de reforma sin prejuicios biempensantes o aprioris inmovilistas. Tal vez una reforma de la Constitución no es absolutamente necesaria, pero tampoco podemos pretender que ya hemos alcanzado el sumum de la apertura política y económica. La crisis actual parece haber dejado claro que estamos muy lejos de jugar en la primera división del desarrollo político y económico y por tanto no es el momento de caer en la autocomplacencia. Nos va mucho en ello.

Monday, February 18, 2013

Ideología y II República Española


La visión de la II República Española y la Guerra Civil como un enfrentamiento entre dos ideologías rivales  resulta atractiva porque permite situar la experiencia española en un contexto más general. Para unos, la República sucumbió a la oposición y deslealtad de unas elites reaccionarias que nunca aceptaron el nuevo sistema democrático nacido en 1931. El cartel de la izquierda simboliza e identifica perfectamente a esas elites con la figura del militar, el rico y el sacerdote sosteniendo la capa de la espectral amenaza nazi. Para otros, el marco legislativo creado por la coalición republicana-socialista entre 1931 y 1933 fomentó la polarización política y la exclusión de una parte importante de la sociedad española. La radicalización de socialistas y anarquistas a partir de 1934 hizo el resto a la hora de abocar al país a una guerra civil.

Como decía, estas visiones son útiles porque permiten situar el caso de la II República y de la Guerra Civil en un contexto europeo más amplio, ya sea la lucha entre las democracias liberales contra los absolutismos o el choque entre dos órdenes totalitarios como el comunismo estalinismo y el nazismo. Dejando de lado mis dudas sobre que España reuniese las condiciones para implantar una democracia liberal estable y de que la fuerza de comunistas y fascistas fue muy reducida hasta el estallido de la Guerra Civil, creo que estas visiones tradicionales son problemáticas para entender la dinámica de la II República. Sin duda la ideología jugó un rol nada despreciable durante la inestable República.  Las etiquetas "fascistas" y "comunistas", o "reaccionarios" y "revolucionarios" son además sugerentes y apelan a sentimientos y convicciones muy profundos, pero también enmascaran la complejidad de intereses que coexistían en el seno de las distintas élites españolas al crear categorías demasiado simplistas. El enfoque "ideológico" impide centrarnos en cómo el conflicto entre las elites militares, eclesiásticas o financieras y las facciones que las componían afectaron a la II República. El ejército, por poner un ejemplo, presentaba divisiones de orden geográfico (africanistas contra peninuslares) o corporativo (Armas Generales contra Armas Facultativas) que afectaron seriamente la estabilidad política en España antes y durante la II República.

Una nueva visión de la II República debe empezar por identificar las distintas facciones que coexistían en el seno de las elites militares, políticas o económicas de la España de los años 30 y estudiar cómo sus intereses chocaron, afectaron y modelaron los hechos de uno de los periodos más trágicos e importantes de nuestra historia.

Thursday, September 13, 2012

Una (discutible) teoría de la clase política española: crítica del artículo de César Molinas

El artículo de César Molinas "Una teoría de la clase política española" publicado en El País el 9 de septiembre ha tenido un gran impacto. En el momento en el que escribo, ha sido mencionado directamente 21700 veces en Facebook y 11691 en Twitter. Los comentarios cubren todo el espectro imaginable. Mis amigos en las redes sociales suelen citarlo con aprobación mientras que @Pau_Dziga me comenta que sus contactos en Twitter han piado furiosamente contra las ideas del artículo.

La idea básica que Molinas defiende es que la descentralización administrativa y política que surgió de la Transición española propició la consolidación de una clase política rentista (Molinas la asimila a las élites extractivas de Acemoglu y Robinson) que evita cualquier atisbo de reforma de nuestro sistema económico y político y agrava las consecuencias de la crisis económica. El sistema electoral proporcional es otro de los factores que el autor señala como culpable en el sostenimiento y perpetuación de unos grupos políticos aislados y únicamente preocupados por aumentar las rentas que controlan.

El artículo es muy sugerente e intenta ofrecer una visión general y profunda de la realidad española. Sin embargo, creo que distorsiona aspectos esenciales para comprender el pasado, presente y futuro de España. Me centraré en tres puntos: las relaciones entre el sistema político y las instituciones políticas y económicas de un país, la afirmación de que la Transición generó una clase política extractiva y el énfasis únicamente en los factores políticos para explicar la situación española.

Sistemas electorales y desarrollo político

César Molinas recomienda el cambio del sistema electoral para implantar un sistema mayoritario del tipo  first-past-the-post. Según él,
No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada.
Aún manteniendo cierta prudencia, Molinas asegura que un sistema mayoritario mejorará la clase política española. El artículo no ofrece ningún tipo de explicación de los mecanismos por los que esto podría ocurrir. Como él mismo, reconoce, cada sistema electoral presenta ciertas ventajas e inconvenientes. En el caso de los sistemas proporcionales frente a los mayoritarios la disyuntiva es la de gobernabilidad frente a representatividad. Los sistemas mayoritarios favorecen la gobernabilidad porque es más sencillo hacerse con una mayoría en el Parlamento o en el Congreso (el candidato más votado en el distrito se lleva todos los escaños). El precio de la mayor gobernabilidad es la representatividad: el partido que se queda un sólo voto por debajo del ganador no obtiene ningún escaño. Las ventajas e inconvenientes del sistema proporcional son, lógicamente, simétricos: hay mayor representatitivad a costa de exacerbar los problemas de gobernabilidad.

La estabilidad, apertura o calidad del sistema político no presenta una correlación demasiado intuitiva o evidente con la existencia de un sistema mayoritario o proporcional. Francia o Estados Unidos tienen sistemas mayoritarios, mientras que Alemania utiliza un sistema proporcional. Los tres son países política y económicamente desarrollados y tienen una clase política mucho más madura y presumiblemente menos expuesta a los defectos que César Molinas achaca a la política española.

La historia también demuestra que los costes del sistema mayoritario pueden ser muy importantes en países con una democracia en vías de consolidación (o de creación).  Sin ir más lejos, la II República  fue el último régimen español que optó por un sistema mayoritario aunque en una versión más suave que la propugnada por Molinas: el ganador del distrito se llevaba 80% de los escaños y la segunda candidatura el 20%. Los problemas que se generaron son conocidos: las elecciones de 1931 forjaron una mayoría socialista-republicana que nunca fue del todo aceptada por la derecha y que muchos califican de poco representativa de la sociedad española. La posterior la victoria del centro-derecha en 1933 también fue magnificada por el sistema mayoritario y contribuyó a la radicalización y alejamiento de la vía parlamentaria de importantes grupos como el partido socialista.

La conclusión es que el sistema electoral es un predictor muy pobre del funcionamiento político de una sociedad. Debemos buscar otros elementos que nos ayuden a comprender otros factores más determinantes a la hora de influir a las instituciones políticas y económicas. Los dos siguientes puntos se centran en este aspecto.

La existencia de unas élites extractivas

Molinas es muy explícito en su utilización del concepto "élite extractiva" que Acemoglu y Robinson han puesto de moda. Citando el trabajo de estos dos monstruos de la economía y de la politología, se nos explica que
Una élite extractiva se caracteriza por "Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".
Para Molinas, el génesis de esta élite política española se sitúa en el sistema político salido de la Transición española (1975-1978). Las listas cerradas, la descentralización del sistema administrativo y de partidos y la proliferación de administraciones regionales son señalados directamente como responsables del anquilosamiento de los partidos políticos y de la inoperancia de nuestro sistema político para hacer frente a  la crisis. Para el autor, la descentralización de las Cajas de Ahorros (con la correspondiente facilidad para financiar negocios ruinosos para pagar lealtades políticas) y la perpetuación de estructuras caciquiles locales fueron algunos de los resultados de este "café para todos" autonómico y local.

El argumento tiene algo de cierto. El problema es que la manera en que César Molinas presenta los hechos haría pensar que la Transición fue el episodio clave en la creación de la clase política rentista española. Lejos de ser así, la existencia de "élites extractivas" es una constante en la historia de la humanidad y, más importante aún para lo que nos ocupa, en la historia de España. En su trabajo, Acemoglu y Robinson consideran que las instituciones extractivas son a la vez síntoma y causa del subdesarrollo. Esta idea es similar a los "natural states" que North, Wallis y Weingast  (NWW) describen en su Violence and Social Orders: a Conceptual Framework for Interpreting Recorded Human History. Según nos explican (p. 30),
"A natural state manages the problem of violence by forming a dominant coalition that limits access to valuable resources – land, labor, and capital – or access to and control of valuable activities – such as trade, worship, and education – to elite groups. The creation of rents through limiting access provides the glue that holds the coalition together, enabling elite groups to make credible commitments to one another to support the regime, perform their functions, and refrain from violence".
Es decir, el control de la violencia no se logra mediante un sistema político inclusivo o unos mercados  competitivos sino a través de un acuerdo entre élites políticas, económicas, religiosas y de diversa índole que "se reparten el pastel" ocupando el poder político y creando monopolios y otros medios creadores de rentas que sustentan su interés por la paz en lugar del conflicto. ¿Por qué "natural states"?
"The natural state is natural because, for most of the last ten thousand years, it has been virtually the only form of society larger than a fewhundred people that has been capable of securing physical order and managing violence".  (p. 31)
En efecto, la totalidad de las sociedades hasta finales del siglo XVIII o mediados del XIX respondían al esquema de los natural states de NWW. Incluso en nuestros días la mayoría de la población mundial vive en países donde las libertades políticas son reducidas (o simplemente inexistentes), el acceso a los mercados o  la formación de empresas depende de las conexiones que uno tenga con las élites dominantes y las leyes están en las antípodas de la impersonalidad..La historia de España no es una excepción: que el país ha estado tradicionalmente dominado por unas élites (políticas, financieras, militares, religiosas...) es algo que está fuera de toda discusión (piénsese, por citar ejemplos de nuestra historia contemporánea, en la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, el franquismo... la II República merece un capítulo aparte que va mucho allá del tema que nos ocupa). En cualquiera de estos periodos, podríamos aplicar la descripción que César Molinas utiliza para describir al sistema político de nuestros días:
"la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, (...), los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia…"
El texto apunta que esta situación se agravó con el sistema político surgido de la Transición. Esto es una grave distorsión de la historia política y económica española dado que las relaciones de favor entre la política y la economía han sido una constante en la historia de España y, a pesar de ser claves para entender su subdesarrollo político y económico, no son algo nuevo surgido de (o agravado por) la Transición. Es cierto que nuestra democracia es imperfecta y presenta muchos residuos del natural state que éramos hace tan sólo cuarenta años, pero también es muy cierto que en las últimas décadas España ha desarrollado un control político del ejército, unos servicios públicos universales o una alternancia política en el poder que acerca al país a los sistemas inclusivos occidentales más avanzados de nuestros días (EEUU, Francia, Inglaterra, Alemania...).

Los avances de España en los últimos treinta años no quita que nuestra democracia no sufra de importantísimas imperfecciones: un país que se llama democrático no puede tener Dívares en su magistratura, no puede manipular a su antojo los consejos de administración de la televisión pública, no puede establecer relaciones incestuosas con cajas de ahorro para convertirlas en un cementerio de elefantes-amigos-políticos... Pero, con un poco de perspectiva, ¿acaso esperábamos que de la noche a la mañana un natural state (o sistema extractivo) de libro como era España se transformase en un ejemplo de democracia, transparencia y apertura? Arrastramos defectos forjados durante siglos. No conozco ningún país que haya sido capaz de revertir sosteniblemente sus instituciones políticas y económicas en tan sólo 34 años. Sería injusto pedirle lo mismo a España.

La crítica, el inconformismo y el debate (elementos imprescindibles en cualquier sociedad libre y abierta) no deberían olvidar o borrar de un plumazo los logros de nuestra joven democracia. Tampoco deberían despreciarla como algo moribundo o fatalmente corrupto. Que España no juega, ni de lejos, en la "Champions League" de la política o la economía mundiales me parece algo fuera de toda duda. Sin embargo, el mero hecho de que hoy en día pensemos que un país más democrático y abierto (en lugar de un país de Tejeros o de alternancias caciquiles) está a nuestro alcance ya constituye el gran logro de nuestros modestos 34 años de democracia. Al caracterizar a España como un "natural state" o "sistema extractivo" en su vertiente política, César Molinas obvia la dinámica española en las últimas décadas.

No soy tan iluso como para creer que todo el mundo compartirá este balance -moderadamente optimista- de la evolución política española, pero creo que pocos discutirán la idea de que las últimas tres décadas han supuesto un avance sin parangón que abre posibilidades impensables en los sistemas políticos que dominaron el país en los cinco siglos anteriores.

El "equilibrio doble" entre política y economía

El artículo de César Molinas tiene un último e importante sesgo: su teoría, diagnóstico y solución se centran únicamente en el aspecto político. Esto es una limitación muy seria para comprender la realidad de cualquier sociedad. Además, esto se presta a interpretaciones poco amables cuando, como señala Ignacio Escolar, descubrimos que el autor es un experto financiero con una amplia experiencia en el sector de la banca de inversión. Podría pensarse que el autor prefiere centrar la crítica y las reformas al aspecto puramente político para evitar reformas algo más dolorosas en su ámbito profesional.

El desarrollo político y económico son las dos caras de una misma moneda. El uno no existe sin el otro y su interacción ha reforzado (o, a lo peor, destruido) los órdenes sociales a lo largo de la historia. En palabras de NWW, existe un "doble equilibrio" (double balance) entre economía y política, es decir
"a correspondence between the distribution and organization of violence potential and political power on the one hand, and the distribution and organization of economic power on the other hand" (p. 20).
No podemos entender el poder y las instituciones políticas sin entender quién tiene el poder político económico. Del mismo modo, no podemos entender de dónde emana el poder económico si no entendemos la lógica que rige la esfera política. El uno lleva y sostiene al otro y viceversa.

No disponemos aún de una teoría completa y ampliamente aceptada sobre cómo interaccionan la esfera política y la económica en las sociedades desarrolladas y subdesarrolladas, pero no tener una respuesta segura no implica que no podamos descartar algunos enfoques parciales y falsos. Sesgar el análisis en favor de una sola dimensión (ya sea la política o la económica) da como resultado un fracaso tan estrepitosos como el de las privatizaciones a mansalva en los años 90 del siglo XX (Rusia, Argentina...) o los recientes intentos de implantación de la democracia en Irak o en Afganistán por parte de fuerzas externas. Lejos de traer desarrollo, paz y prosperidad, estos experimentos han creado poderosos grupos de interés o mafias que controlan los recursos de los países y las tensiones sociales se han acentuado hasta cobrar la forma de guerra civil en los casos afgano o iraquí. El problema ha sido que en todos estos ejemplos se ha buscado una reforma puramente económica o política que no ha funcionado al chocar frontalmente con la lógica que rige el funcionamiento de la otra esfera y de la sociedad en general.

Resumiendo, frente a nuestra ignorancia y la extrema complejidad de desentrañar la maraña institucional política y económica, los trabajos de NWW y de Acemoglu y Robinson ofrecen puntos de partida imprescindibles y  sugerentes. Pero las conclusiones y lecciones que podemos extraer distan mucho de ser las expresadas por César Molinas. Una reforma meramente política que olvide la otra cara de la moneda (la dimensión económica) nos lleva poco menos que a, como dicen los ingleses, representar Hamlet sin el príncipe. Ya no es simplemente que, en palabras de Molinas, "un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida". Si se descuidan los factores determinantes del desarrollo de un país, se descontextualiza la situación española y se olvida la  interacción entre la economía y la política, nuestro castizo bálsamo de Fierabrás queda reducido a un pretencioso pero inocuo remedio homeopático.


Monday, June 4, 2012

Schumpeter en España

Para Joseph Schumpeter (1883-1950), el emprendedor es el motor del capitalismo. En su incesante búsqueda de nuevos productos, formas de organización, producción o diseño, el emprendedor genera un proceso de destrucción creativa en el que las viejas industrias o productos desaparecen para ceder su lugar a las innovaciones.

La realidad a veces es algo más vulgar que el elegante modelo schumpeteriano. En la España empobrecida y ahogada por las primas insoportables, los gobiernos incompetentes y los bancos canallas, el mercado se reestructura cerrando negocios y haciendo florecer o redescubriendo aquellas empresas que la coyuntura propicia. Las ciudades españolas rápidamente se han visto inundadas por tiendas y panfletos que anuncian a bombo y platillo "Compro oro".

Saturday, June 2, 2012

Más perspectivas

El siguiente gráfico, tomado de la última entrada del blog de Fatás-Mihov, muestra la evolución del PIB real (o sea, descontando el efecto de la variación de precios) en las economías española e inglesa desde el primer trimestre de 2008 tomando este trimestre como referencia (PIB en enero-marzo 2008 = 100)


El gráfico nos dice que en el primer trimestre de 2012 la riqueza de España se ha reducido en algo más de un 4% con respecto a 2008. Miremos ahora la evolución del PIB real de los Estados Unidos entre 1929 y 1933.

El PIB real estadounidense pasó de más de 800.000 millones de dólares en 1929 a unos 600.000 millones en 1933-34. Más de un 25% de la riqueza del país se evaporó en esos cuatro años.

El desempleo en los Estados Unidos durante la Gran Depresión alcanzó cotas similares a las españolas hoy en día, pero los anteriores datos desmienten que estemos frente a la peor crisis de la historia y mucho menos que nos estemos enfrentando a una crisis sin precedentes. El problema, claro está, es que esto sirve de poco consuelo para los que sufren una disminución de su riqueza o bienestar mucho mayor de lo que el grosero PIB real puede mostrar y que algunos aprovechen la coyuntura para minar los avances que se consolidaron tras la dura lección del 29.

Actualización: Krugman señala paralelos menos esperanzadores entre los 30 y nuestra crisis. 
Canción del día / Chanson du jour

Tuesday, April 17, 2012

Aquí y allá: La vida del investigador

Como aprendiz de historiador económico, estoy introduciéndome en el arte de bucear en archivos y bibliotecas.

Durante mi estancia de tres semanas en Madrid a finales de enero, visité unos cinco archivos y tres bibliotecas. A pesar de contar con una plantilla francamente competente y amable, a la hora de acceder a las salas de investigación me topé con unos criterios de acceso variados pero muy restrictivos en general: nada de cámaras, debían utilizarse cuartillas (en ocasiones ni siquiera folios A4), lápices (a menudo nada de bolígrafos o plumas) y sólo el Archivo del Congreso de los Diputados y la Biblioteca Nacional disponían de wi-fi para el usuario. Ni que decir tiene que las fotocopias de los documentos se pagaban a precio de oro. Con suerte, si la orden al servicio de reprografía se tramitaba como "urgente" y no se trataba de un número excesivo de copias, las fotocopias podían estar listas en dos o tres días. En el Archivo General de la Administración tardaron un mes y medio en mandar a mi casa las 50 fotocopias que pedí.

En estos momentos escribo desde la "Hispanic Reading Room" de la Library of Congress de Washington mientras espero que me lleguen los anuarios militares de España (la Library of Congress, por cierto, tiene los fondos más completos sobre la Guerra Civil que existen fuera de España). Se me permite la entrada con memorias USB, lápices, bolígrafos, bloc de notas u ordenador portátil. A la hora de obtener copias, tengo a mi entera disposición un escáner. Tomar fotografías de los documentos también está permitido.

El señor Pérez, el afable bibliotecario gallego de la sala que ya tiene problemas para encontrar la versión española de algunas palabras, me lo resume con la mayor naturalidad: "nos visitan muchos investigadores extranjeros y sacar copias en papel de todos los documentos es muy caro e incómodo por su volumen".