Thursday, July 10, 2014

Despedidas



Wednesday, June 25, 2014

2008-2014


Tuesday, February 11, 2014

La tierra para el que la conquista

La repartición justa de los frutos de la tierra es seguramente una de las custiones más antigua de la filosofía política. Los argumentos clásicos de carácter más progresista apuntan a un mismo derecho de todo el mundo a compartir los frutos de los recursos naturales. Según esta corriente de pensamiento, todas las personas de una sociedad tienen el derecho a compartir por igual los frutos derivados de la apropriación inicial de los recursos naturales. Con mayores o menores matices, este fue el pensamiento mantenido por filósofos como John Locke, pensadores radicales del siglo XVIII como Thomas Payne, o incluso por presidentes de los Estados Unidos como Thomas Jefferson. La versión libertaria en su vertiente más conservadora -expuesta, por ejemplo, por Israel Kirzner- prefiere atribuir los derechos de la propiedad de la tierra a su descubridor en lo que los anglófonos llaman un principio del "first arrived, first served". Algo así como "que se lo quede el primero que llegue".

Lejos de la sofisticiación de estas corrientes filosóficas, la apropiación de la tierra por parte de las potencias colonizadoras europeas se basó en criterios bastante más burdos. Tal y como detalla José Antonio Crespo en su libro Contra la Historia Oficial, los primeros conquistadores españoles en América tomaban posesión de las nuevas tierras leyendo el Requerimiento a los indígenas. El texto, en latín, detallaba los orígenes de la Iglesia católica, del único Dios verdadero y otorgaba al Papa Alejandro VI la potestad de otorgar esa parte del mundo a la corona española. Siempre en latín, los nativos eran invitados a reflexionar y aceptar por las buenas los términos del Requerimiento. De lo contrario eran advertidos de que los nuevos propietarios de las tierras estarían legitimados para entrar violentamente y matar y esclavizar a todos los oponentes. Ningún indígena debió alzar jamás la voz contra esta muestra de formalismo hipócrita. Ningún indígena debió entender jamás lo que se proponían esos recién llegados con esa lectura en una lengua extraña.

Los vecinos anglosajones de los conquistadores españoles también encontraron métodos rápidos y expeditivos para solventar cualquier debate filosófico en lo que respecta a la propiedad de las tierras. En 1640 la Asamblea de Nueva Inglaterra aprobó los siguientes tres puntos:

1. La tierra es del Señor y toda su riqueza también. Aprobado.
2. El Señor puede dar la tierra o una parte de ella a su pueblo elegido. Aprobado.
3. [Los británicos] Somos el pueblo elegido. Aprobado.


La filosofía política es mucho más fácil cuando se detenta la hegemonía militar y uno siente que está en poder de la verdad absoluta.

El principio del fin...

...de la burbuja estudiantil.

Sunday, January 5, 2014

Alea jacta est

Llegué, vi y actué.

Ahora que decidan ellos.


Wednesday, January 1, 2014

Tres días

Sólo son tres días (en realidad dos en mi caso), pero el circo académico del "Job Market" bien merece una función con toda la pompa y circunstancia.
À la beauté des rêves.


Monday, December 30, 2013

Academic Circus


"The MLA is the Big Daddy of conferences. A megaconference. A three-ring circus of the literary intelligentsia. This year it is meeting in New York, in two adjacent skyscraper hotels, the Hilton and the Americana, which, enormous as they are, cannot actually sleep all the delegates, who spill over into neighbouring hotels, or beg accommodation from their friends in the big city. Imagine ten thousand highlyeducated, articulate, ambitious, competitive men and women converging on mid-Manhattan on the 27th of December, to meet and to lecture and to question and to discuss and to gossip and to plot and to philander and to party and to hire or be hired. For the MLA is a market as well as a circus, it is a place where young scholars fresh from graduate school look hopefully for their first jobs, and more seasoned academics sniff the air for better ones. The bedrooms of the Hilton and the Americana are the scene not only of rest and dalliance but of hard bargaining and rigorous interviewing, as chairmen of departments from every state in the Union, from Texas to Maine, from the Carolinas to California, strive to fill the vacancies on their faculty rolls with the best talent available. In the present acute job shortage, it's a buyer's market, and some of these chairmen have such long lists of candidates to interview that they never get outside their hotel rooms for the duration of the convention. For them and for the desperate candidates kicking their heels and smoking in the corridors, waiting their turn to be scrutinized, the MLA is no kind of fun; but for the rest of the members it's a ball, especially if you like listening to lectures and panel discussions on every conceivable literary subject (...)."

David Lodge, Small World, p. 313.