Friday, September 11, 2015

Historias dulces: Seguimos.

El fin de semana tiene encanto de sobra por sí mismo. Si además el viernes toca zambullirse en los números para confirmar que lo aprendido, experimentado y adaptado funciona, la sonrisa llega de oreja a oreja.


Seguimos. 92 es menos que 100. 

Wednesday, June 10, 2015

Los gráficos más bellos del mundo

En Noviembre de 2009 mi páncreas decidió tomarse vacaciones indefinidas. Peor aún, en un arrebato de autodestrucción aún incomprensible para mí y para la ciencia, mi cuerpo decidió empezar a eliminar sistemáticamente todas y cada una de las células encargadas de producir insulina y de que que mi organismo pudiese procesar la glucosa (los carbohidratos) que ingería. ¿El resultado? Cualquier cantidad de azúcar (o carbohidratos en general) que ingiriese quedan pululando libremente en mi sangre sin pasar a mis células. Lo jodido de algo que tiene que ver con tu sangre es que, si no se hace nada, todos y cada uno de tus órganos acabarán siendo dañados. Es lo que tiene la sangre: lo recorre todo. Voilà  las posibles complicaciones de no tomarse la cosa en serio: todas. Mi pulso con la diabetes Tipo 1 (la juvenil, la que ocurre porque sí mientras seguimos especulando sobre sus causas) había empezado.

Los que siguen mis desvaríos en las redes sociales, perciben algún destello de mis experimentos, obsesiones y estratagemas para lidiar con el azúcar. Al fin y al cabo la diabetes Tipo 1 es algo que viene para quedarse y exige reorganizar la vida y los hábitos de uno. Sin embargo, son las personas más cercanas a mí (pareja, padres, hermano...) las que mejor conocen la cara menos amable del tema, la que va más allá del comentario irónico o del chistecito en Twitter. Son ellos quienes aguantan y deben dar ánimos durante las luchas y cambios de vida que se derivan tras el diagnóstico, durante las incertidumbres y miedos que te rodean, los que te soportan en los cambios de humor provocados por los vaivenes del azúcar o por el estado de optimismo/pesimismo en que uno se halla... Sé que no conviene ponerme dramático dramático porque, al fin y al cabo, aunque a nadie le gusta ganar la lotería diabética-juvenil soy un tipo con suerte: vivo en país rico (Estados Unidos) y tengo un trabajo que me garantiza un seguro médico que se hace cargo de gran parte del coste del tratamiento. Además dispongo de mucha información y ayuda tecnológica para entender y actuar del mejor modo posible. Digo "del mejor modo posible" porque no está muy claro cuál es "el mejor modo" a secas. La realidad es que, pese a los avances fundamentales del último siglo (desde la insulina artificial en la primera mitad del siglo XX hasta los últimos y maravilloso cacharritos de control de los que hablaré en breve), los diabéticos aún actuamos un tanto a ciegas. Esta incertidumbre es un problema que, como economista y persona interesada en las Ciencias Sociales en general, no me sorprende demasiado. La cantidad de variables que influyen en mi nivel de azúcar y en cómo mi cuerpo responde a la ingesta de carbohidratos es tan vasto y sus interrelaciones tan complejas que con gran dificultad podemos extraer lecciones sobre las mejores prácticas. Poco a poco uno aprende lo que funciona y lo que no, pero siempre existe la sospecha de que no estemos teniendo en cuenta algún otro factor que esté determinando que la cosa funcione (o no funcione).  Además es inevitable que haya un componente personal (un "efecto fijo" que diríamos los pedantes académicos) que se resume en aquello de "cada persona es un mundo".

Hace unos días decidí probar durante una semana un dispositivo para medir e informarme de manera continua del nivel de azúcar en sangre. El cacharro en cuestión consta de un pequeño dispositivo de unos 2-3 cm. pegado a mi cuerpo que, cada 5 mins, transmite información a un aparato portátil similar a un iPod donde puedo observar mi nivel actual, tendencia y evolución del azúcar en sangre durante las últimas 24 horas. Cualquier pieza de información sobre el azúcar es extremadamente valiosa para el diabético. Este aparato en concreto ayuda a tomar decisiones mucho más informadas al indicarte el nivel y tendencia de tu nivel de azúcar y también permite establecer alarmas para avisar de un nivel excesivamente alto o bajo de azúcar. El aparato ayuda, en definitiva, a responder algunas de las preguntas que más angustian al diabético: ¿qué tal lo estoy haciendo?, ¿estoy manteniendo la diabetes a raya?, ¿sirve de algo los esfuerzos en el gimnasio o las renuncias a ese maldito pastel del que me comería la mitad sin pestañear?, ¿debería cambiar algún hábito porque no funciona tal y como creía? Por último, el aparato permite descargar todos los datos y analizarlos en varios gráficos que desmenuzan todo lo ocurrido con tu azúcar durante la semana.

En algún momento he pensado que publicar estos gráficos tenía algo de narcisismo extremo y he dudado sobre la publicación del post. Al fin y al cabo todo esto es algo así como ir un paso más allá del selfie al mostrar una "foto" de mis entrañas, del movimiento de mi azúcar en sangre durante una semana. Sin embargo, asumiendo su lado más narcisista y extravagante, también encunentro algo didáctico e incluso de necesario (auto) reconocimiento en todo esto. Experimentar con el aparato me ha permitido comprobar las cosas que funcionaban en mi día a día además de mostrarme alguna evidencia sobre potenciales mejoras en mi rutina. Además, el análisis de los datos finales me ha permitido comprobar que el esfuerzo vale la pena: el ejercicio hace bien (mejor comprobarlo en uno mismo que leerlo en cualquier artículo, ¿no?), la selección de alimentos con bajo índice glicémico en mi dieta minimiza los picos de azúcar tras las comidas... bienvenidas sean las pruebas de que mi "combate ordinario" vale la pena.

¿Qué aspecto tiene entonces ese "selfie glicémico"? Lo reduciré a tres imágenes (tengo más pero aún las estoy procesando y mi narcisismo y exhibicionismo diabético también tienen un límite). En el primer gráfico (click para ampliarlo) cada curva representa mis niveles de azúcar durante un día de la última semana (por orientar al lector: podría decirse que un nivel por debajo de 60 es demasiado bajo y un nivel por encima de 180 es demasiado alto).

  
¿Ven esas subidas sobre las 9-10 de la mañana? Descubrí que el desayuno es la comida más puñetera. Pese a no constituir mi mayor ingesta de carbohidratos, el cuerpo parece estar particularmente sensible a cualquier ingesta de azúcar y (sobre)reacciona. Tras dos o tres días comprobando que esas subidas en las mañanas eran recurrentes y no circunstanciales, empecé pasear durante 15-20 minutos tras el desayuno y comprobé que, aun manteniendo constante la ingesta de azúcar y el nivel de insulina, los paseos eliminaban (en ocasiones de manera demasiado drástica) la subida del azúcar tras el desayuno. Lección valiosa incluso para el "no diabético": no hay que subestimar la importancia del paseo como ejercicio.

El gráfico  de arriba es bastante confuso o ilegible por la representación simultánea de las curvas para cada día. Por ello, tal vez es más útil un gráfico con la media (por hora) de todas las lecturas durante los siete días (rombos rojos) [click para ampliarlo]:


 
La zona verde representa el rango que normalmente se considera normal (o bueno): entre 80 y 180. La mayoría de medias de las lecturas por hora se inscriben en dicho rango, por lo que la interpretación es muy positiva. ¿Condenarían a Messi por celebrar como un loco su gol al Athletic? Este es mi gol.

La distribución de todas las lecturas de azúcar que el aparato realizó durante los últimos siete días (un total de 1841, una cada cinco minutos) da aún más razones para correr por la casa cual goleador desbocado (click para ampliarlo):


Sólo dos lecturas (un 0.1% del total) caen en el rango considerado "bajo" (en su mayoría, por cierto, esos bajones fueron el resultado de salir a correr y entraban dentro de lo normal o previsible... por algo siempre voy con las tabletas de azúcar cerca cuando salgo a correr) y sólo una de las lecturas (0.05% del total) es claramente "alta" al superar ampliamente el nivel de 180 (pero ni siquiera llega a los niveles más "intimidantes" como los 250, 300 o 400... parece que por desgracia son niveles que algunas personas sufren con alguna frecuencia). Gol. Golazo. Permítanme celebrarlo, por favor.

El pulso con la diabetes es silencioso, personal, casi secreto. Se manifiesta en cada decisión sobre qué comer, en cada tarde en que uno marcha resignadamente al gimnasio, en cada lucha con uno mismo para salir a dar un paseo tras la comida, en las incertidumbres sobre el impacto que un viaje (y el consiguiente cambio de rutina) tendrá sobre tus niveles de azúcar.. No es fácil hacer el trabajo del páncreas. Por ello, como aprendiz de páncreas, encontrarme con estos datos que respaldan la validez de la rutina diaria, de mis elecciones alimenticias y de las dosis de insulina que me administro cuatro veces me hacen sentirme feliz y orgulloso. Tan feliz que no pude evitar compartirlo con un lector que me sorprende que haya llegado hasta este párrafo.

Con el tiempo, la diabetes y el cuerpo cambian, evolucionan. No sé cómo serán las cosas dentro de uno, cinco o diez años. No sé si seré capaz de seguir controlando todo igual, si las cosas se complicarán o  si -¡¿quién sabe?!- todo se solucionará de una vez por todas. De momento, desde mi privilegiada posición de diabético del primer mundo, este experimento me ha permitido ver que las cosas funcionan y que, al menos por el momento, la diabetes no está invitada a interferir con mi salud en el futuro. Y tengo los gráficos más bellos del mundo para demostrarlo.

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[10/6/2015 6:57PM Mountain Time. Edición: He actualizado los gráficos para reflejar más exactamente lo que se considera un rango "bueno" y cambiado uno o dos comentarios explicativos acorde]

Friday, November 21, 2014

El vegetariano y la política



Dedicado a Pablo, un amante de la carne al que quiero tanto como admiro

Sí, soy vegetariano. Hace algunos años decidí que lo correcto era dejar de comer carne y pescado. Aunque la decisión se ha mantenido, su motivación ha evolucionado y cambiado sustancialmente. Acabé desechando los argumentos ecológicos de mis inicios y me acabé decantando por razones de corte filosófico para justificar mi vegetarianismo. Siempre he sido consciente de que mi decisión siempre estará sometida a una re-evaluación continua. Puede que en el futuro me encuentre con argumentos que refuercen o cambien mi motivación para el vegetarianismo. También, quién sabe, puede que en algún momento un amigo, una cita, un artículo o un libro me acaben convenciendo de que en realidad hay argumentos más convincentes y poderosos para comer animales. No es algo que me angustie. Lo único que puedo decir es que, de momento, ser vegetariano me parece lo mejor que puedo hacer dada la evidencia de la que dispongo, mis creencias y mi visión del mundo.

Que el vegetarianismo sea “lo mejor” o “lo correcto” para mí no quiere decir que lo sea para el otro. Por eso no veo al “omnívoro” con ningún complejo de superioridad moral (ni, por cierto, creo que el vegano deba mirarme a mí con aires de suficiencia). ¿Quién soy yo para condenar a un carnívoro empedernido si hace, digamos, diez años yo era el primero en dar buena cuenta de cualquier plato de jamón que se me pusiera por delante? Lógicamente, y sería hipócrita negarlo, cuando sale el tema de la comida seguramente experimentaré mayor simpatía por la persona que decide no comer cerdo y ternera (aunque sí coma pollo y pescado) que por el carnívoro empedernido. Eso no está reñido con el hecho de entender las razones que el carnívoro tiene para adorar la carne. De hecho admito cierto interés por debatir el tema cuando me lo proponen porque me parece interesante intercambiar argumentos. Al fin y al cabo la re-evaluación constante de las ideas de uno funciona a través de esos diálogos e intercambios de ideas.

Como vegetariano no me engaño ante el hecho de que, por mucho que argumente y debata, mi postura es y será minoritaria. Se me hace difícil vislumbrar un futuro cercano (o incluso factible) en el que una mayoría de españoles renuncien al jamón ibérico, las gambas o el chorizo (o que mis colegas de Utah dejen las hamburguesas por el seitán). Pese a ello, me alegro cuando iniciativas como el Meatless Monday (los lunes sin carne) empiezan a ser más populares, o cuando cada vez hay más artículos denunciando el consumo excesivo de carne y recomendando su consumo en cantidades más moderadas o cuando cada vez más menús en restaurantes se aseguran de incluir al menos una opción vegetariana. No es mi mundo ideal (y probablemente nunca lo será), pero es algo que se le parece más. Así pues, vale la pena seguir hablando, visibilizándonos (por ejemplo preguntando por opciones vegetarianas en restaurantes que no las incluyen en su menú) y, en definitiva, intentando que las cosas se parezcan un poco más a ese “ideal vegetariano” que albergo. 

En ocasiones pienso que mi vegetarianismo ha sido determinante en mi manera de entender la política. Me gustaría que la gente estuviera abierta a reexaminar constantemente sus ideas y que no nos desesperáramos o despreciásemos al otro cuando defiende posturas diametralmente opuestas a las nuestras. Lo ideal sería entrenar nuestra simpatía crítica para entender de dónde provienen esas diferencias con el otro. Todo esto, claro está, no debería estar reñido con luchar y perseguir lo que creemos que es justo. En este sentido, seguramente sería útil tener claro quién podría ser nuestro potencial aliado en la batalla política... aunque coman pollo o pescado de vez en cuando. La cerrazón en nuestro propio grupúsculo sólo es una buena receta para la irrelevancia. Al fin y al cabo creo que ha quedado claro que no toda la “casta omnívora” es lo mismo, ¿no? Seguramente, si uno está condenado a ser una minoría absoluta (o incluso si no lo está), hay que lidiar con la certeza de que el mundo no se transformará en lo que queremos de la noche a la mañana y que quizá tampoco lo hará el año que viene. Sin embargo eso no puede ser excusa para caer en la inmovilidad o no luchar por lo que creamos justo. Y, por descontado, bienvenidos sean los que nos animen a movernos un poco más e intenten convencernos de que sí se puede… ¡porque claro que se puede!

Dicho esto, tampoco conviene hacerme mucho caso. Al fin y al cabo recuerden que soy un tipo capaz de decir que el tofu está bueno.

Steuart y la economía como freno al absolutismo

En The Passions and the Interests. Political Arguments for Capitalism before its Triumph, Hirschman rescata la siguiente cita de James Steuart:
"The power of a modern prince, let it be, by the constitution of his kingdom, ever be so absolute, immediately becomes limited so soon as he establishes the plan of oeconomy which we are endeavouring to explain. If his authority formerly resembled the solidity and force of the wedge (which may indifferently be made use of, for splitting timber, stones and other hard bodies, and which may be thrown aside and taken up again at pleasure), it will at length come to resemble the delicacy of the watch, which is good for no other purpose than to mark the progression of time, and which is immediately destroyed, if put to any other use, or touched with any but the gentlest hand.
[A] modern oeconomy, therefore, is the most effectual bridle ever was invented against the folly of despotism"
Como el propio Hirschman comenta, el autor es un economista político del siglo dieciocho que considear al monarca como una figura clave para guiar la economía del país en la buena dirección. Sin embargo, la cita transpira alivio y confianza en los mecanismos económicos como un medio eficaz de frenar los excesos (folly) absolutistas del jefe de Estado. La economía como freno y contrapeso de la política, algo radicalmente opuesto a la visión actual (muy extendida en algunos sectores) de la política como víctima de la dictadura de los mercados.

La cita me parece extremadamente interesante por las ideas que inmediatamente le asaltan a uno:
1. La relación entre política y economía (o entre Estado o mercado) no ha estado siempre sujeta al mismo tipo de preguntas o inquietudes.
2. La Historia es fundamental para identificar los cambios institucionales en el funcionamiento del Estado y su relación con la esfera económica durante los últimos siglos. El Estado de hoy no es comparable al de hace dos siglos.
3. Los libertarios más radicales viven anclados en ese mundo del siglo dieciocho en el que el Estado sólo es capaz de locuras y excesos absolutistas mientras que la izquierda (¿alguna izquierda?) hace gala de una confianza excesiva en las posibilidades del Estado y una desconfianza también excesiva en el mercado como contrapeso/complemento indisociable del Estado moderno. Una visión más amplia del cambio institucional y el rol del Estado ayudaría a matizar y contextualizar muchas de estas ideas que aparecen recurrentemente en el debatre político. 


En resumen, hablamos mucho del Estado pero me temo que no disponemos de una teoría demasiado clara de lo que es, cómo funciona y de su evolución a lo largo de los últimos siglos. Puede que los historiadores económicos podamos ser útiles después de todo.

Sunday, August 17, 2014

Salt Lake City

Recobro viejas sensaciones: las del recién llegado que mira a todos los lados con una mezcla de entusiasmo, intimidación y curiosidad; las del nuevo vecino que se pregunta cual de los rincones -ahora nuevos e impersonales- se convertirá en uno de los símbolos del día a día, en signo reconocible de seguridad y familiaridad.

Está claro que Salt Lake City es otra cosa. Calles que son más bien autopistas, casas bajas y, sobre todo, espacio, mucho espacio. Un amigo que pasó sus batallas doctorandas en la costa oeste estadounidense exclamó al conocer mi rincón washingtoniano "¡Tú no has vivido en los Estados Unidos!". Salt Lake City parece acudir rauda y veloz a solventar ese déficit en mi experiencia americana. En ocasiones parece que la ciudad es un proyecto inacabado, un embrión de algo más grande y prometedor o, siendo algo más crueles, un "quiero y no puedo": el sistema de bicis público apenas cubre unas cuantas cuadras del centro de la ciudad) aunque existen proyectos para crear más de 100 kilómetros adicionales de carril bici, el transporte público (aunque relativamente utilizado) apenas puede paliar la sensación de inmensidad y dispersión que hace del coche un accesorio casi esencial... en efecto: ya puedo decir que he vivido en los Estados Unidos.

Doy mis primeros pasos por unas calles que aún conservan el verde de la primavera y donde el sol -duro, seco- hace honor al calendario. Nadie se engaña, en todo caso: en octubre o noviembre el paisaje adoptará su versión más blanca y dura que seguramente no abandonará hasta abril, tal vez mayo.

Los mormones llegaron allá por 1847 a este valle con la fe y esperanza de establecer el reino de Dios en estas montañas recónditas del oeste americano. Ni el duro invierno, ni las plagas, ni las innumerables penurias que atravesaron en sus primeros años de asentamiento quebrantaron su ánimo para seguir abriéndose paso en su particular empresa. Ese optimismo y confianza casi ilimitados conforman mi primer nexo de unión y simpatía hacia mis nuevos vecinos.


Wednesday, July 9, 2014

Despedidas



Tuesday, June 24, 2014

2008-2014